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Entrevista a George W. Bush

Posted by Arnau en noviembre 18, 2010

Nadie discute que George Bush ha sido una marioneta manejada por los poderes fácticos capitalistas, además de un hombre de paja controlado por los halcones de su propio partido. Tampoco de ser un tonto de los cojones; su frase “Nuestros enemigos los terroristas son innovadores e ingeniosos, y nosotros también. Nunca dejan de pensar en nuevos métodos para perjudicar a nuestro país y a nuestro pueblo, ni nosotros tampoco” (6-08-2004) así lo atestigua. El caso es que indagar en sus escasos indicios de actividad cerebral me aburría hasta el hastío; un mono hace monadas y nadie lo cuestiona. Sin embargo sí que me interesaba descubrir quién fue el verdadero líder en la sombra de su gobierno, la mente pensante instigadora, en definitiva, quién coño fue el auténtico tramoyista de la cruel opereta que el anterior presidente de Estados Unidos escenificó durante todo su esperpéntico mandato.

-Buenas tardes, señor Bush, gracias por recibir a este modesto periodista español en el jardín de su magnífico rancho de Texas.

-De nada, joven, ¿cómo está usted?

-Bien gracias. Aunque estaría algo mejor si me dejara de apuntar con el revólver, la verdad.

-Lo siento si le incomoda esta situación, pero no me fío en absoluto de los Espaldas mojadas. Son ustedes medio animales.

-No soy mejicano, señor Bush, si es a eso a lo que se refiere. Hablo su misma lengua, es cierto, pero ya le he dicho que vengo de España, ese pequeño país del continente europeo.

-Entiendo, entonces tranquilícese. Piense que en Texas tenemos que estar siempre precavidos contra cualquier contingencia criminal que provenga del exterior. Le pido disculpas. Y ahora entrégueme usted todas las armas que pueda llevar encima, haga el favor.

-No creo que sea necesario, señor Bush. No suelo ir armado.

-Usted sabrá lo que hace.

-Eso intento. Pero permítame, pasado este belicoso circunloquio, poder entrar ya en materia. Todos sabemos que el filósofo Aristóteles educó en su día al Rey Alejandro, el líder macedonio que conquistó medio mundo conocido, ¿me interesaría conocer quién ha sido, aparte de su padre, su referente o inspirador ideológico?

-… Mire joven, me gustaría que esta entrevista fuera por unos derroteros más mundanos y algo más campechanos. No se lo tome como un agravio personal, pues tenga por seguro que liberado de mis responsabilidades no pretendo desestimar ninguna de sus preguntas, pero si le he de ser sincero esta no la entiendo.

-(Esto será más complicado de lo que imaginaba) Ya veo, no se preocupe señor Bush, intentaré ser más conciso a partir de ahora. Hábleme para empezar de Condolezza Rice, ¿cuál era su ascendencia real sobre usted? ¿En qué estima la tenía?

-Condolezza fue junto con Colin la lamentable cuota negra del gobierno. Es verdad que fue una mujer servil y diligente mientras estuvo con nosotros, pero también resultó ser en exceso intelectual además de poseer un sentido del humor algo extraño. Siempre decía que Aznar le recordaba a Thornny “el aplastacráneos” de Erik el Vikingo, aquel guerrero mermado e inconsciente que siempre era el primero en partirse la cara por los demás. Y si le he de ser franco, nunca entendí ni esa analogía ni por supuesto el humor irreverente de los Monty Python. Nosotros tan sólo buscábamos una especie de ariete escaso de personalidad para dinamitar la unidad europea y así poder acudir a la guerra sin lastre. Sin más.

-Visto el respeto con el que habla de la señora Rice, ahora entiendo su dejadez con los ciudadanos de raza negra que vivían en New Orleans, señor Bush.

-No se crea, como ya he dicho en mis memorias me conmovieron mucho las imágenes de negros y negras llorando.

-Declaración que le honra.

-Gracias. Siempre había pensado que los primates inferiores carecían de glándulas lagrimales. Realmente fue un descubrimiento antropológico de primer orden para mí.

-En fin, ¿qué opinión tiene de Dick Cheney?

-Dick era un vividor que estaba obcecado en coleccionar despachos. El muy gorrón tenía uno de lujo en la Cámara de Representantes, otro de cojones en el Ala Oeste, otro de tres pares de narices en el viejo Edificio Ejecutivo, y nada menos que dos más en el Senado. Era su puto vicio, los arramblaba con la misma fruición de quien come perritos calientes en un partido de béisbol de los Rangers. Aunque eso sí, no me gustó para nada su propensión a exigir tratos especiales para sus empresas en los contratos de Oriente Medio.

-¿Le disgustó que lo acusaron de fraude cuando era presidente de sus empresas?

-¡Qué coño! Lo que no me gustó un ápice fue que Dick nunca se entretuviera en enseñarnos los entresijos de la intriga y maquinación que utilizaba en los yacimientos petrolíferos que controlaba. Por no hablar que no repartió ni las migajas de los 36 millones de dólares indemnizados por la Halliburton Company. ¡Puto capitalista!

-Me imagino su cabreo, señor Bush, pero pasemos a otra página. ¿Y Donald Rumsfeld qué tal?

-Hombre, Donald fue realmente otra cosa, la verdad. Un tipo que se vestía por los pies además de un auténtico patriota, un Secretario de Defensa como Dios manda, con valores profundos y sin apenas tacha. Siempre fue partidario de una estrategia militar sin concesiones e implacable con nuestros enemigos. También con nuestros amigos, por cierto. Recuerdo que el muy cabrón experimentó el “Waterboarding” con Aznar el “Aplastacráneos” en una de sus visitas a Estados Unidos, justo antes de implantarla en los campos de concentración de Irak.

-¿Experimentaron la infame técnica de tortura por ahogamiento con Aznar, señor Bush?

-¿Se acuerda de aquél acento chicano tan ridículo? El pobre tenía las amígdalas inundadas. A Donald se le fue un poco la mano, ciertamente.

-¿No les da vergüenza?

-De esa tenemos poca.

Después de las últimas respuestas mi perplejidad ante los hechos relatados se encaminaba hacia una profunda indignación. Me negaba a seguir dando pábulo a ese hijo de puta y a todos sus adláteres. Por otro lado, era evidente que la admiración que profesaba el ex presidente hacia el Secretario de Defensa sentenciaba mi duda ante lo que andaba buscando: Donald Rumsfeld, el responsable de las torturas en Guantánamo y Abu Ghraib, era el abyecto personaje, el seguro ideólogo entre bambalinas del otrora presidente republicano. O eso pensaba hasta que Laura, la esposa de Bush, salió del porche para acercarse con paso firme hacia nosotros y empezar a bramar como una posesa, a mandíbula batiente:

-¡George, déjate de chácharas, que es tarde y aún tienes que hacer la cena! Busca las patatas en la despensa y la ternera en la nevera. Y con garbo, que en media hora termino de redactar el segundo volumen de tus memorias y tengo el estómago famélico. Por cierto, joven, ¿le apetecería quedarse a cenar con nosotros? -dirigiendo esta vez su mirada hacia mí.

-Por supuesto. No me lo perdería por nada del mundo -le contesté desencajado.

-Perfecto. Y no haga demasiado caso a mi marido, siempre le pierden los modales. ¡Uno más en la mesa, George!

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7 comentarios to “Entrevista a George W. Bush”

  1. Supongo que no nos privarás de una crónica de esa cena subsiguiente. Estoy deseando que pusieran de aperitivo “galletitas” de esas que tienden a tomar el camino de la tráquea cuando las ingiere un tonto. ¡Qué espectáculo!

  2. Patético personaje. Me ha sorprendido el realismo, aunque me lo imaginaba un poco más tarado. ¿Te pidieron bendecir la mesa?

    Un abrazo.

  3. maya said

    Arnau, sublime..como todas tus entrevistas. Pero me ha sorprendido que Bush se exprese tan cultisimamente. A mi también me parece además de un títere un bocachancla medio tarado.

  4. Fétido said

    Le he pillado, Maese. Junior es incapaz de decir “amígdala”.

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