Arnau

Almacén de relatos olvidables

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La penúltima batalla

Posted by Arnau en julio 5, 2010

La fatigosa e inacabable guerra contra las legiones imperiales parecía que iba a llegar a su fin. Desde lo alto de una pequeña loma y bajo un sol calcinador el líder guerrero de la tribu Catalonia, el general Montillato, famoso tanto por sus actitudes hieráticas ante las más dispares adversidades como por una oratoria particular, divisaba con calma, en lo alto de su montura, la planicie infinita donde aguardaba poderoso el ejército enemigo. Atrás quedaban casi cuatro años de luchas sangrientas contra las disciplinadas centurias ultras, un sinfín de soldados muertos y heridos, algunas amargas deserciones entre sus más grandes comandantes, lamentables boicots a los productos de sus viñedos, además de un descrédito personal brutal por su ineficiente gestión de las batallas. Y todo ese desastre para qué, se preguntaba apesadumbrado el general Montillato. ¿Para recuperar simplemente unas pocas tierras hortofrutícolas que en su día fueron arrambladas por el enemigo?, ¿para volver a apoderarse de un par de canteras ya casi agotadas para su explotación que en tiempos pretéritos les pertenecieron?, ¿para reconquistar tan sólo unas pequeñas tierras de pastos antaño prolíficas donde poder hoy mal alimentar a su hambriento y famélico ganado? Tanto esfuerzo para tan poca recompensa, tan poca gloria para tanta y enorme vaguedad, tanta sangre derramada para no poder jamás administrar todos los recursos que en otras épocas les competieron, razonaba sudoroso y apretando los dientes el general. Dejó por un momento las cábalas para tensar levemente las riendas de su montura y así poder ver a sus soldados que aguardaban exhaustos y cabizbajos a sus espaldas. La visión de lo que en su día fue un digno ejercito le resultó deprimente: un par de miles de hombres de remplazo agotados e incapaces de mantenerse por su propio pie, algunos centenares de pipiolos guerreros enternecedores casi imberbes, un hatajo de viejas glorias patéticamente enmascaradas con barro y pinturas de guerra que no servían ya ni para nimias algaradas, y apenas un puñado de carros de combate tirados por torpes bueyes y desaliñados caballos.

De las otras tribus supuestamente amigas que años ha lucharon codo a codo junto a ellos para garantizar mejor futuro para sus gentes, para sus tierras y para sus tradiciones ancestrales, ya no quedaba ni el más mínimo rastro. El general Montillato siempre había temido que las salvajes tribus del norte, agasajadas en su día por el enemigo con unos derechos fiscales que les resultaban muy ventajosos, eran demasiado violentas y vehementes para poder realizar ni tan siquiera un ínfimo plan válido y común con el que hacer frente al ejército invasor. También había sospechado a menudo de las tribus celtas, que pese a considerarlas esforzadas y trabajadoras, le soliviantaba esa falta de espíritu guerrero así como esa inacción popular en contra de unos líderes conservadores más prestos en aceptar sobornos y pequeñas parcelas de poder del enemigo que en defender bravamente a su propia nación. Y de las tribus levantinas mejor ni comentar, porque siempre se le revolvían las entrañas cuando recordaba la inaceptable cláusula urdida por su hilarante capitán general con la que poder adquirir competencias sin arriesgar, eternamente desde la retaguardia, y siempre de una forma canallesca y ruin. Sabía además que poco se podía esperar de un risueño líder levantino desequilibrado y corrupto hasta las cejas que le perdía la estética más que a un colibrí, siendo incluso capaz de vender su alma al diablo por cuatro míseras alhajas regaladas o un par de insignificantes telas donadas.

Aunque tampoco nunca esperó algo más que migajas de todos ellos. A fin de cuentas siempre supo que históricamente había sido su propia tribu la que había abanderado la vanguardia de las reivindicaciones contra el imperio enemigo, siempre la que había estado combatiendo sin desmayo en primera fila de la contienda, y siempre la que había soportado de forma estoica el partirse la cara por intentar recuperar unos derechos de ellos pero también de los demás.

Así que se dejó de reflexiones absurdas que ya nada podían solventar y bramó a sus hombres una última bravata peculiar: ¡Nos podrán quitar la vida y las tierras hortofruti…, hortorectofru…, multifru…, el gazpacho, pero nunca, nunca, nos quitaran la libertad!

Finalmente el general tensó las riendas, clavó las espuelas en la ijada de su montura, e hizo girar al animal otra vez hacia la planicie, de nuevo frente hacia ese enemigo infinito, de nuevo frente hacia ese adversario apoteósico y colosal. Sin dilación se ajustó la correa del casco bajo su angulada mandíbula, blandió la espada al cielo, y empezó el burro a cabalgar.

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5 comentarios to “La penúltima batalla”

  1. Que grande. Me gusta eso que dices de “y siempre la que había soportado de forma estoica el partirse la cara por intentar recuperar unos derechos de ellos pero también de los demás”. Dan ganas de unirse a las huestes de Montillato, aunque sea nacido en Madrid y viva en Navarra. Cuando vinimos desde Madrid a Pamplona a mi familia le supuso una pequeña crisis de identidad. Aquí no nos consideraban navarros y allí con los años no nos consideraban madrileños. Al final, para bien o para mal, descubrimos que el amor que sentíamos por el territorio foral y la nostalgia por la familia que se quedó en Madrid se unía en la melancólica idea de España. Con sus distinciones, matices y, en definitiva riquezas. De hecho, me alegro de ser español cuando pienso que tú, Arnau, y yo, vamos en un mismo barco. Y que tus derechos serán los míos y viceversa.

    Pero en tu retrato hay otra idea que no me gusta. No por tí, sino por la verdad que relata. Y es que los que intentan romper España, en su riqueza y diversidad, son los que se llenan la boca con su nombre. Muchas veces pienso que se tendría que independizar Madrid y alrededores, aún sinténdolo por mi familia, que el resto ya nos pondríamos de acuerdo.

    Un saludo Arnau. Gracias por escribir.

    • Arnau said

      En el fondo, Antihéroe, mi intención era poner a todo el mundo a parir. A unos y a otros. No sé si lo he conseguido. Vivimos en un estado, país, nación, o lo que sea, que lo único real que nos une es la envidia, lo que nos lleva irremediablemente a la desafección. Y mira que lo siento. Porque yo estoy absolutamente enamorado de España. A veces muy a mi pesar por sus maltratos.

      • Completamente de acuerdo contigo. Pero, inevitablemente, no puedo evitar posicionarme con los vencidos. Porque el que pierde, aunque se haya equivocado, tiene el punto de vista de Montillato: ¿Para qué? Sin embargo, en tus palabras hay esperanza y sentido común, además de las pertinentes coces. Lo importante es superar esa desafección y seguir siendo quienes somos. Reitero, gracias.

  2. Evi said

    Jodá, qué pedazo de post, Maese. Así da gusto estar de vuelta.
    Vuestros comentarios también me parecen acertadísimos. Será que tengo en común muchas cosas con usted, Antihéroe. Hace más de dos años que dejé Castilla la Vieja para venir a comprobar, en Lanzarote, cómo se maltrata a un archipiélago desde dentro y desde fuera. La casta política nacionalista en Canarias está compuesta de clanes y oligarcas insulares. La casta del Estado pasa de puntillas (y de vacaciones) por este hervidero de injusticias insulares, interinsulares, provinciales (y provincianas si hablamos de la desatención formativa y de las carencias en Educación).
    Voy a Burgos, sin aún añorarlo demasiado, y me siento como un bicho raro. Intento sumar aquí y también me topo con prejuicios hacia los foráneos entrometidos. Esto último no me extraña, pues soy muy consciente de las diferencias culturales y de lo razonables que son los sentimientos de abandono y de imposición colonial que a veces tienen los canarios. Y mientras todo termina en desafección política y hartazgo, hemos perdido la oportunidad de abrir el debate real hacia el federalismo, que a demasiados no interesa, para seguir saqueando a su antojo la tierra que tanto dicen amar…
    Lo que siempre he pensado es que hemos empezado la casa por el tejado como tantas otras veces. Hay que reformar la Carta Magna porque cada vez le queda más grande y siniestro el calificativo.
    Yo no he salido de España. Pero siempre presumo de conocer el territorio de manera bastante aceptable, visto el nivel medio de la ciudadanía. También estoy enamorada de la diversidad de este paradójico país y me parece fundamental preservar todas esas diferencias que hacen riqueza y la libertad de los pueblos que en cada región habitan. Con la idea totalitaria que prevalece hoy en día sobre el estado español, esto parece cada vez más una quimera.
    Un pasito para atrás, entre tantos que estamos viendo en los últimos meses, hacia la justicia y la libertad.
    Un abrazote.

  3. Queralt said

    No puedo estar más de acuerdo con todo lo que se ha dicho… y no puedo dejar de admirarte hoy, un poquito más si cabe… Gracias, Arnau, gracias por el consuelo que aportas a mi estabilidad blogera. Y, como ya os he dicho (a tí, a Evi y a todos los demás), en mi respuesta del blog de los bolillitos, el consuelo emocional también ha llegado al alma.

    Besos universales.

    Queralt.

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