Arnau

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Vacaciones en Afganistán

Posted by Arnau en agosto 30, 2008

Después de pasar las vacaciones junto a mi familia en un pueblo de la Costa Brava, me disponía a escoger destino en esa aventura anual que ya desde lustros me ha hecho recorrer en solitario medio planeta. Finalmente no sé si mi elección turística fue por contrariar al ministerio de asuntos exteriores, o simplemente por mi estúpida insensatez de analizar la psicología del suicidio, pero el caso es que en mi billete de avión un nombre impreso me hacía palpitar a fogonazos cada vez que lo contemplaba escrito a 10.000 metros de altura: Afganistán.

 

Reconozco que siempre me han gustado las zonas áridas y los países ansiosos por reverdecer de su pasado, pero creo que únicamente en mi inconsciencia (esa madeja de ilusión y locura que tanto me costó desenredar en mi cerebro) se hallaba la verdadera razón del viaje: la de encontrar a Osama Bin Laden.

 

Un par de mudas, un sombrero “Fedora”, un buen par de botas de montañismo, un mapa del territorio, dinero en metálico y un diccionario pashton-castellano/castellano-pashton eran el único contenido de mi mochila comprada en “Coronel Tapiocca”. Sólo me faltaba el látigo.

  

Aterricé en Kabul a primera hora de la tarde y, a pesar de su altitud considerable, mi primera impresión fue un golpe de calor tan brutal que me paralizó el andar, me martilleó los testículos y me secó el gaznate. Mi frente chorreaba a litros, y mi espíritu de supervivencia se los bebió.

Pasado el trance llamé a un taxi. Su conductor -ataviado con un precioso gorro pakul-, empezó a conducir por una polvorienta carretera destino a uno de los mejores alojamientos de la capital. Mi postura acerca de la inmersión lingüística me hizo ofrecerle un poco de conversación en su idioma “tribal”. Grave error. Cuando se enteró de mi procedencia me obligó a salir automáticamente del vehículo no sin antes insultarme en un perfecto castellano: “Hijo de Ansar, cabrón fascista!”, me dijo poseído de una ira irracional.

Intenté replicarle con agallas mi postura acerca del sujeto, aclararle mi opinión contraria y de repulsa sobre ese personaje alcoholizado y repugnante. Sin éxito. Mi valentía no sobrepasó los tres segundos; exactamente el tiempo que tardó un cañón de Kalashnikov en introducirse por mi tráquea. No opuse resistencia. Bajé de inmediato y cagado, textualmente.

 

Caminé un par de horas por el margen de la carretera, tragando polvo seco e inhalando humo negro despedido por autobuses abarrotados, engullendo salivazos de gasolina, aceite y arena de viejas motocicletas que, conducidas por campesinos, regresaban a su hogar; a esa ciudad de cúpulas y minaretes perfilados por el incipiente manto de la noche afgana.

 

Entre callejuelas de adobe y ladrillo, con las piernas destrozadas y un cansancio de mil demonios llegué al “Hotel Internacional” de Kabul. Estaba realmente descompuesto, y, sin perder ni un segundo, me fui directamente a la recepción para pedir un masaje relajante, un baño en la piscina, una copa de champagne y finalmente una cena opípara. El recepcionista -un afable nativo-, no movió ni un puto músculo de su cara, ni un solo pelo de su abundante entrecejo, únicamente me miro como sólo se puede mirar a un extraterrestre bajando en paracaídas en mitad del desierto.  

Reaccioné y cambié inmediatamente de táctica. Le pedí un par de whiskys (del mercado negro) y me acomodé en un sofá para disponerme a leer los periódicos extranjeros que allí se encontraban. Entre sorbo y sorbo quedé perplejo de la gran cantidad de ejemplares que se podían escoger: The New York Times, el Corriere della Sera, Le Figaró, The Times, El País, El InMundo, Público, el Marca y un par de diarios locales afganos. Después de una rápida ojeada me sorprendió que todos eran de fechas pasadas menos uno: El InMundo. No le di al asunto más importancia que el suponerle a éste una mejor e inteligente distribución.

 

Al rato, -y mientras me soplaba con hielo el tercer “escocés” de la noche- una conversación en castellano detrás de mí me apartó abruptamente de la plácida lectura. Intenté girarme con sigilo para no importunar a la pareja de españoles que hablaban amigablemente. Mi sorpresa fue mayúscula, pues no dudé en reconocer a uno de ellos como a Luís del Gran Pepino, que vestido con ropas del país intercambiaba palabras, guiños y caricias con un jovencito orgánicamente deforme, facialmente feo, y poseedor de un extraño surco anular que rodeaba todo el perímetro de su pequeña cabeza. Del pasmo, el vaso de whisky resbaló de mis manos y se estrelló en mil pedazos en el suelo del salón (sabía del turismo sexual en Tailandia, pero nunca imaginé que en plena capital de Afganistán pillara a ese cabronazo con actitudes próximas a la pedofilia).

 

No tuve opción. El estallido de los cristales me obligó a cruzar nuestras miradas y ante esa incómoda situación tomé la iniciativa; no debía tolerar de ninguna manera que ese hijo de puta descubriese mi verdadera y peligrosa razón del viaje: encontrar a Bin Laden. Me levanté y me acerqué para saludarlos, y dirigiéndome concretamente al Gran Pepino fingí profesarle una gran devoción.

 

-Encantado de conocerle, Luis, soy un gran admirador suyo. No me pierdo nunca los incontestables artículos de su blog ni su programa de investigación sobre el 11M en Libertad Digital. Los españoles estaremos siempre en deuda con sus indagaciones. Permítame añadir que su señoría es un portento en perspicacia y apéndice nasal, y que muchos españoles de bien le reconoceremos para siempre como un prócer de nuestra patria- le acerté a decirle con cierta maldad y no sin ganas de vomitarle los tres whiskys en su cara.

 

El Gran Pepino tardó un tiempo en reponerse del desconcierto –estaba claro que lo pillé en una situación embarazosa-, aunque pronto se restableció con su acostumbrada templanza:

 

-Gracias por sus mesuradas palabras, caballero. Como podrá adivinar estoy de incognito en Kabul junto a un amigo, y si me cobija el secreto, le diré que estamos abriendo una nueva línea de investigación sobre las claras conexiones terroristas entre etarras e islamistas en esta ciudad –desembuchó sin inmutarse para proseguir con la inevitable y esperada pregunta –: Y usted, si no es indiscreción, ¿a qué se debe su estancia en Afganistán?

 

-Soy fotógrafo del “National Geographic”, y estoy haciendo un reportaje sobre los Budas del valle de Bamiyan dinamitados por los Talibanes en marzo del 2001 después de intensos bombardeos- le contesté después de recordar literalmente la wikipedia. Lo del fotógrafo se me ocurrió por el papel de Clint Eastwood en los “Puentes de Madison”; en el fondo soy un puto romántico.

 

Finalizada la breve conversación, Pepino y su acompañante se excusaron por las altas horas de la noche, me desearon buenos sueños y subieron por las escaleras camino de sus habitaciones.

Los buenos sueños fueron una quimera. Tuve la mala suerte de aposentarme pared con pared con ellos: follaron toda la noche como animales, y entre los jadeos de Luis y los aullidos de su acompañante, no me dejaron pegar ojo.

 

A la mañana siguiente, desvelado y aún resacoso, aproveché para bajar al salón temprano. Pedí un té, y mientras aguardaba el desayuno, el recepcionista amablemente me acercó el único periódico del día que a esas horas había llegado al hotel: el InMundo. Lo repasé hasta llegar a la editorial de su director, que para variar criticaba la sentencia del 11M y exculpaba a los islamistas procesados. Nada nuevo bajo el sol. Aunque fue justo en esos momentos cuando me di cuenta que tenía los dedos pringados de tinta hasta las terceras falanges.

 

Reflexioné en voz baja: “¿Cómo era posible que a las siete de la mañana y en pleno Afganistán tuviera en mis manos un periódico editado en España de ese mismo día, recién salido de la imprenta?”

 

En ese mismo momento de cavilación vi a Luis del Gran Pepino y su amorfo acompañante cruzar sin pausa el distribuidor del hotel en dirección al exterior. Me levanté y les seguí. Lamentablemente tendría que dejar para otro día la búsqueda de Osama, pues había algo que no encajaba en mi mente y mi infinita curiosidad me empujaba a descubrirlo.

 

Salí del hotel para ver como la pareja desaparecía veloz conduciendo una furgoneta “Pick-up” cargada de grandes tinajas y, sin pensármelo dos veces, me introduje como un acróbata en el interior de una de ellas. Estaba llena de heces fermentadas. El pestilente y putrefacto trayecto entre boñigas de cabra duró apenas una hora. A mí me pareció una eternidad.

 

Viajamos por abruptos desfiladeros hasta que la furgoneta se detuvo delante de unas laderas escarpadas cubiertas por una espesa vegetación. Un par de bocinazos y el forraje verde se separó, y el pick-up reanudó su marcha para entrar en su interior y llegar finalmente en una gran sala excavada en la tierra. El clarividente periodista aparcó el vehículo en un recoveco, se apeó de la cabina del conductor, pilló de la mano a su deforme compañero y se largaron por una puerta anexa hacia otra dependencia. Fue justo cuando pude sobresalir por la tinaja de excrementos para ver lo que mis ojos nunca hubieran imaginado contemplar: centenares de pequeños seres amorfos hacinados como en una granja de pollos yacían empalados por el culo, con sus cabezas estrujadas por argollas de hierro, y alimentándose a base de pútridas heces que se deslizaban disueltas en orina por embudos insertados en sus bocas. Era un cuadro sobrecogedor. El hedor era insufrible, los aullidos pavorosos y el calor asfixiante, y en lo alto del techo, contemplándolo todo, un cartel escrito en lengua castellana: “Granja de Peones negros”. Me derrumbé; y hubiera empezado a llorar si no supiera que de mayores estas criaturas se convierten en unos verdaderos energúmenos integrales.

 

Me preguntaba quién era el responsable de esa miseria humana, quién podía tener la falta de escrúpulos para crear semejante espectáculo abominable, quién, en su sano juicio, podía concebir esa monstruosidad sin despeñarse en su moralidad.

 

Renegando de mi condición humana me dirigí, sin ser visto, hacia la puerta que anteriormente Luis del Gran Pepino y su amante –ahora entiendo los aullidos del hotel- utilizaron para escampar de la granja. Con sumo sigilo la entreabrí, y miré:

 

Era una sala enorme en la que trabajan decenas de Peones negros adultos que, transpirando como bestias esclavizadas, manipulaban grandes planchas offset, colocaban gigantescos rollos de papel en bobinas y cargaban toneladas de tinta aceitosa para el color. Era evidentemente una rotativa industrial; era, increíblemente, dónde se estaba imprimiendo a todo trapo el periódico InMundo.

La estupefacción no me impidió divisar rápidamente al Gran Pepino que se deslizaba entre las máquinas controlando la producción, exigiendo groseramente máxima calidad, y casi sometiendo a trabajos forzados a los desequilibrados operarios. Lo que vislumbré luego no me lo podía creer, incluso me pellizqué profundamente para asegurarme que no era un sueño, para no negarle a mi cerebro que estaba viendo la verdadera aclaración de los extraños sucesos de mi viaje en Afganistán, la resolución del enigma de la piedra filosofal: de pie, sudando como un cerdo y en lo alto de una tarima, se encontraba un hombre de espaldas, casi desnudo, ataviado simplemente con unos tirantes, un liguero, un corsé y unas bragas rojas meadas que, látigo en mano y bailando al compás de “In the Navy de Village People”, arengaba enloquecido todo el proceso de impresión de lo que él creía su magistral obra en movimientos y su genial sinfonía; en fin, lo que en realidad no era más que la edición de su nauseabundo, miserable, embaucador y fanático periódico. Y a su lado y a la altura de sus tobillos se encontraban varios ropajes y complementos que aguardaban listos para ser utilizados: un turbante, una larga y espesa barba gris postiza, un bastón de madera, ropas típicas afganas y un Kalashnikov cargado hasta en sus entrañas.

 

No esperé a reconocer su cara. Di media vuelta, cogí la furgoneta y me marché a todo gas de ese infierno subterráneo; sin parar, sin pensar, sin gritar; hasta llegar al aeropuerto de kabul.

 

De regreso a Barcelona y volando a 10.000 metros de altura mi cerebro empezaba a desenmarañar todos esos últimos cuatro años de pesadilla periodística, a desmenuzar todas esas portadas de islamistas visitando a familiares, a entender todos los esfuerzos ímprobos de ese periódico por salvaguardar a los asesinos, a sus confidentes, en definitiva, a explicarme el por qué de los arduos intentos de ese director y todos sus colaboradores para sembrar de variopintas y ridículas dudas toda la instrucción y posterior juicio de los atentados del 11 de marzo; ese juicio que culpabiliza a los verdaderos terroristas de matar a 192 personas en una agónica, imborrable e insoportable mañana de invierno en la ciudad de Madrid.

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