Arnau

Almacén de relatos olvidables

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Misión en la radio de los obispos.

Posted by Arnau en julio 6, 2008

Después de publicar mi último sueño en el que descubría quien era el gran tramoyista de las hordas ultras para hacer descabalgar a Rajoy, cuál fue mi sorpresa cuando a los pocos días recibí un correo extraño proveniente de una supuesta agencia de detectives sin ubicación conocida. Era un texto firmado por el director de la misma y me comentaba que había quedado absolutamente prendado por mi habilidad en el escudriñamiento de casos complejos, impresionado por mi sagacidad e inteligencia y finalmente aseguraba estar postrado ante mi valentía física a la hora de encauzar tamaña y prodigiosa hazaña bélica sin haber fallecido en el intento.

Por toda esa suma de factores, me insinuaba que me quería contratar. Como inspector.

Restablecido de mi orgulloso y desconcertante asombro procedí a llamarle a un teléfono encriptado puesto a mi disposición; me descolgó el aparato su secretaria. Después de agradecerle las palabras de su jefe, aproveché para decirle que todo se trataba de un mero juego prosaico, de una simple exposición descriptiva a cargo de un sujeto sin más afán protagonista que el de escribir de vez en cuando en un vacuo divertimento. Joder, le insistí que aquello sólo fue un sueño, y además, inventado, y que ellos me estaban hablando de la vida real, esa en la que una simple decisión errónea te puede llevar al abismo. Al borde del precipicio.

Un cheque en blanco me hizo cambiar inmediatamente de opinión. Supongo que todo el mundo tiene un precio, y no voy a ser yo la excepción. Me tragué mi altivez de un bocado.

Nos pusimos rápidamente manos a la obra, me dijeron que no había tiempo que perder. Las instrucciones fueron muy concisas: tenía que presentarme en cuerpo presente y al día siguiente delante del edificio de la radio de los obispos, en la calle Alfonso XII de Madrid, donde tendría que hacer uso del contenido de una maleta escondida en el WC de señoras del bar de enfrente y esperar postreras noticias suyas por SMS. Nada más. El caso era denominado “Próstata 2008”. Tengo que reconocer que ese apelativo me escamó.

Una vez colgado el teléfono, deduje, entre líneas, que esa agencia podía ser una tapadera de alguna mafia internacional (el acento siciliano de la secretaria me lo hizo sospechar), y que la información que pudiera conseguir era vital para posteriormente ser utilizada por alguna magna empresa extranjera. Me la traía al pairo. La sola posibilidad de obtener tal cantidad de dinero me convertía en un ser absolutamente insensible.

A la mañana siguiente, al alba y con viento duro de levante y después de pasar una breve noche en una cochambrosa habitación de la capital, me acerqué al bar acordado, y después de pedir un cortado me dirigí convencido al servicio femenino. Detrás del inodoro me aguardaba, efectivamente, una Samsonite. La abrí sin problemas, cogí de ella una pequeña cámara de video, una tarjeta VIP y me puse unas ropas que estaban plegadas cuidadosamente en su interior. Al salir del lavabo dejé en la barra un billete de 5 Euros y sin tomar la consumición ni esperar siquiera el cambio me difuminé rápidamente del local. No por generosidad; llanamente por pudor.

Supongo que la estrategia de la agencia estaba clara. Se trataba de no ser reconocido en mi imagen habitual, y doy fe que no quedaba ni rastro de mi aspecto: Delante del edificio de la radio permanecía reclinado junto a una farola, parapetado tras unas gafas de sol y vistiendo una gabardina tres cuartos color fucsia monísima. Un cigarrillo apagado y manchado de carmín colgaba de mi labio inferior, y mi cara agraciada y maquillada hasta la hipodermis, junto a unos zapatos tacón de aguja y mi cuerpo enjuto y fibroso hacían el resto en mi nueva apariencia. Parecía realmente una mujer de bandera. Dicen los psicólogos que todos tenemos un lado femenino, y juro que esa mañana de verano dejé toda mi varonía tras mi última meada en el inmundo retrete de un bar de Madrid.

De repente, el poli tono de mi móvil me alertó por fin de un mensaje recibido. Lo leí de una tirada: “Arnau, infíltrate con la cámara y graba a Federico en un renuncio, en algo que lo podamos comprometer, en algo que sea digno para un chantaje”.

En esos momentos un iceberg pareció derretirse en mí espalda, y del síncope, me zampé sin querer el cigarrillo que aún retenía en mi boca. En unos pocos y eternos segundos me pasaron todas las imágenes de mi vida, esas que dicen que recuerdas cuando estás a punto de morir. Solamente el dinero y también mi absoluta predisposición innata por los retos me hicieron tomar una inmensa bocanada de aire, tragar el volumen de un cubito de hielo en saliva y finalmente tener el arrojo de acercarme al cura que trabajaba como conserje en la entrada. Éste, tras comprobar mi tarjeta VIP y cachearme profusamente las posaderas, me preguntó sin ningún tipo de remilgos:

-¿Vienes para desahogar a Federico, verdad, pedazo de puta?

Ya fue casualidad que la primera vez que iba de mujer tuviera que ser un sacerdote el primer hombre que me insultara.

-Sí, claro -le contesté sin dejar de aprovechar esa oportunidad al vuelo. Evidentemente me había confundido con una prostituta y tenía que beneficiarme de esa situación. Era innegable que quien me contrató conocía muy bien las costumbres pecaminosas del Mandril.

Sin mediar palabra me acompañó hasta una habitación de la planta baja del edificio, me hizo pasar dentro y me aconsejó que me pusiera cómodo mientras aguardaba la inmediata visita de Federico. De momento todo salía a pedir de boca. Sin tiempo que perder puse en lo alto de un armario la cámara enfocando un plano general de la estancia, apreté el REC, y finalmente me recosté vestido en una cama de agua que había en el centro de la sala. A la espera.

La situación era surrealista. Vestido de mujer estaba a punto de ser sodomizado por el Mandril, violado encarnizadamente, y eso era, paradójicamente, lo que me solucionaría económicamente mi vida.

Empecé a notar su presencia por el hedor. Sus profundos jadeos denotaban que ya estaba detrás de la puerta, excitándose. De golpe se abrió la puerta y sin manifestar palabra asomó resoplando como un animal sediento, al trote, y al igual que una alimaña sonada, empezó lo que él creía un festín de provocación. En mitad de la sala comenzó a danzar en círculos concéntricos, incitándome, y en medio del desconcierto teatral inició un pavoroso desnudo hasta dejar su micro pene afilado a punto de estocarme, y sin tiempo para digerir lo que estaba viendo contemplé como se auto impulsaba, baboseando y con los ojos cerrados, en un vuelo rasante contra mí. Fue justo en ese momento cuando saqué oportunamente la muñeca hinchable que llevaba en el bolso, la inflé y raudo se la entregué.

Ciego, se la folló. Hasta que la petó.

Aproveché sus últimas sacudidas espasmódicas con el látex para levantarme, quitarme las ropas de mujer, coger la cámara de lo alto del armario y largarme de allí corriendo como un atleta en los 100 metros lisos, al tiempo que vitoreaba ”Vivas a la República” mientras salía veloz por los pasillos del edificio. Al rato llegué a un parque cercano y, desfondado, recibí de inmediato otro mensaje de la secretaria del director: “Arnau, coge el avión de las 15h. destino Roma. Te estaré esperando en el aeropuerto internacional de Fiumicino. Trae un Pendrive con la grabación. Lo tendrás que entregar personalmente al director. Obviamente no queremos intermediarios. A mí, me identificarás por mi altura”.

Evidentemente los sucesos se estaban desgranando a un ritmo vertiginoso.

A media tarde ya estaba en el aeropuerto de la ciudad eterna, y presto, ojeaba por toda la terminal algo parecido a una Masai saltando. Supe del error de interpretación cuando mi implacable sentido de la observación me hizo divisar una liliputiense que no paraba de dar brincos y aspear vigorosamente los brazos. Si se trataba de la secretaria, muy profesional no parecía, pero mi olfato me aseguraba que era ella. Me acerqué y con una sonrisa cómplice le susurré mi nombre. Me devolvió el gesto, asintió, y nos introdujimos en un helicóptero rumbo desconocido no sin antes obligar a vendarme los ojos en una condición indispensable para presentarme delante del director.

Pese a mi transitoria ceguera no dejaba de pensar lo bella que debía estar Roma desde el cielo.

A los 10 minutos llegamos a lo que parecía un helipuerto, bajamos de la aeronave y entre oraciones del Ángelus, olor a incienso y repiques de campanas me hicieron pasar a lo que imaginé podían ser unas magníficas y lujosas estancias privadas. Sin quitarme el pañuelo me obligaron a arrodillarme, y justo cuando reclinaba mi cabeza hacia el suelo mi cara rozó una tela de paño que percibí vestía a una presencia casi divina, casi celestial. Se encontraba delante de mí, y empezó a hablar.

-No pretendo que creas en Dios, Arnau,  –dijo con voz impostada para no reconocerle –pero sí quiero que sepas que el diablo existe, que la cornamenta de Lucifer sobrevive. Y ahora, querido, presta mucha atención a lo que voy a relatarte, porque en su gravedad, mis labios después serán sellados. –Depositó su mano sobre mi cabeza y continuó con su diatriba:

-Afortunadamente, hijo, el diablo llevaba siglos sin manifestarse entre nosotros, sin exteriorizar su presencia, pero por desgracia de la humanidad Barcelona fue testigo en la década de los 70 de la vuelta de Satanás, y no escogió una criatura al azar, eligió la más fea que pudo encontrar. Durante años ésta causo el pánico, dolor, escritos infernales y manifiestos demagógicos. Vagó durante lustros desbocada y embriagada, rompiendo espejos, e incluso, en su locura, se creyó intelectual. Ante ello mandamos legiones de ángeles exorcistas a ese territorio infectado, y a punto de ser la bestia desalojada de los cielos, alguien, en su estúpida ignorancia, le pegó un tiro en la pierna, lo que produjo en el animal la reacción de cólera más descomunal que la eternidad haya podido soportar. A razón de aquello nos vimos obligados a hacer un pacto de muerte con él. Se dejaría encerrar voluntariamente en la radio episcopal como “padre de la mentira” e incitador del odio, pero a cambio nos exigió rameras para sus delirantes sacrificios, vírgenes para sus violaciones y finalmente separatistas catalanes para sus vejaciones. Lo entiendes ahora, amado, tú sólo has sido uno de sus elegidos, una insignificante parte del engranaje, una minúscula parte de la solución de nuestro destino. Pero milagrosamente has sobrevivido, y por ello y en su misericordia, la iglesia se creía en el deber de darte una explicación, y por tu silencio, un baño de oro y riquezas en diamantes -me santiguó en la frente, me dio un talón y se marchó.

Después de mandar a su santidad a tomar por el culo, me quité la venda, rompí el talón y salí corriendo y gritando injurias a través de sus estancias, de sus tierras sagradas, de esas hermosas calles eternas que fluían como meandros por toda Roma. A través de ellas llegué, exhausto, a las ruinas del Foro, y llorando ante su belleza bajo el cielo crepuscular no pude más que reprimirme en un único pensamiento que la brisa hizo retumbar por toda la ciudad: “Romanos, patria antigua, ¿cómo os pudisteis equivocar tanto? ”

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