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Almacén de relatos olvidables

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Se hace camino al andar… o no.

Posted by Arnau en febrero 17, 2021

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Parlar català és de mala educació?

Posted by Arnau en noviembre 21, 2020

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La posición histórica de LeBron James y la insoportable levedad del ruido

Posted by Arnau en octubre 31, 2020

En mayo de 2007 los Cavaliers abrían en Detroit sus primeras Finales del Este con LeBron James en sus filas. Tras un partido espeso y bronco, de ochenta posesiones y gracias, restaban doce segundos con 76-78 a favor de los Pistons y balón para los Cavs. Su técnico, Mike Brown, dio entrada a Donyell Marshall, que había cerrado con seis triples la serie ante los Nets, y puso en manos de LeBron la resolución de la noche. Aclarado y libertad. LeBron entró a canasta, atrajo sobre sí a la defensa y abrió el pase al triple lateral y liberado de Marshall, que erró el lanzamiento y la idea concebida por James.

La reacción contra la joven estrella de Cleveland, por haber pasado el balón, simbolizaría una primera cruzada que sigue viva hasta hoy. Según la postura dominante no cabía más opción al Elegido que comerse el aro a solas, degradando su elección, una fórmula básica del juego, a un acto de cobardía. LeBron tuvo que digerir en silencio aquella ofensiva que venía a advertir que no estaba a la altura.

La serie prosiguió adelante y cuatro partidos después, sobre el mismo escenario y un 2-2 en la eliminatoria, LeBron reaccionó al vacío de sus compañeros reduciendo el baloncesto a su absoluto poder, anotando 29 de los últimos 30 puntos del equipo, 25 de ellos de forma consecutiva, hasta sumar 48 y la canasta de la victoria. Con 22 años coronaba una de las actuaciones más asombrosas de la historia, el prólogo a meter en las Finales a un equipo que (sin él) rozaba el valor de lotería.

Los Cavs se presentaron así a una serie que no debían disputar, cayendo 4-0 ante el mejor equipo del mundo, los Spurs, cuya estrella, Tim Duncan, consolaría entonces al joven James con unas premonitorias palabras: “Pronto esta liga será tuya”. En efecto lo sería.

James y Duncan en 2007. (Reuters)
James y Duncan en 2007. (Reuters)

Sin embargo, mucho tiempo después aquella serie iba a quedar en el imaginario como una derrota cualquiera que venir a sumar a un palmarés finalista adverso, como si en paralelo fuera posible abreviar al majestuoso Jerry West por su 1-8 en el peldaño final por el título. Es decir, una de las mayores proezas nunca vistas terminaría siendo públicamente traducida a cero. La hazaña equivalía a que Michael Jordan hubiese metido a los Bulls en las Finales de 1988. Pero como no lo hizo, ni entonces ni en ninguna de las Finales que Jordan no disputó, esa cuenta desaparece. No es baldío referirlo. En la era en que las narrativas suplantan a la realidad pocas hay más perversas.

Siempre he jugado de la misma forma, desde que era niño

Hace unos días, al término del quinto partido de las Finales entre Lakers y Heat, todo volvió a repetirse con cruel exactitud. En la acción decisiva LeBron, que lideraba a su equipo en puntos, rebotes y asistencias por 72ª vez en postemporada, más del triple de veces que el siguiente escalón, formado por Duncan y Bird, imantó a toda la defensa rival para doblar al hombre libre, Danny Green, que como Marshall, erró el lanzamiento. Y otra vez la renovada cruzada imponía que LeBron debería haber asumido el tiro, aun con cuatro rivales encima. Preguntado al término por ello, no pudo ser más veraz: “Siempre he jugado de la misma manera desde que era niño”.

El proceso vivido en estos dos ejemplos separados por trece años merece su atención. Aquella primera vez no pocos analistas urgían la corrección. Una parte del público aún seguía sin entender que lo que había llegado a la NBA no era otro (sufrido) sucesor de Michael Jordan, sino una versión atómica de Magic Johnson. “Tiene mucho más de mí que de Michael –afirmaba Johnson entonces–, más de controlar el juego que de dominarlo anotando”. Tanto tiempo después vale subrayar el doble órdago, porque la realidad aproxima que uno de los mejores pasadores de la historia cierre su carrera con el mayor volumen anotador de todos los tiempos. “Se podría decir –acertaba Howard Beck– que es el mejor pasador entre los anotadores de élite y el más grande anotador entre los mejores pasadores que ha dado el baloncesto”. Una descripción que tenía ya plena validez hace más de un lustro.

Disputar diez Finales con tres uniformes distintos en la NBA contemporánea de treinta equipos supone, sobre cualquier otra consideración, que interfiere en las arterias del mejor baloncesto del mundo una fuerza decisiva, de magnitud sobrenatural, que absorbe la noción de victoria a un grado de poder casi ilimitado, inconcebible en el orbe deportivo actual. “Es increíblemente difícil batir a LeBron cuatro veces en una serie –exhortaba recientemente J.J. Redick en su podcast durante la entrevista a DeMar DeRozan, una de sus víctimas en los Raptors–. Es tan invencible en playoffs que exige otro nivel de intelecto para alcanzar su nivel”.

James, durante el último partido de las Finales. ('USA Today')
James, durante el último partido de las Finales. (‘USA Today’)

La mención de Redick al intelecto tampoco debe ser pasada por alto. Hace tiempo que en James son legendarias sus escenas de memoria fotográfica, de una naturaleza solo atribuible a los rarísimos casos de nacidos con memoria eidética que conservar en edad adulta. Una condición que le permite recordar, como escribía Melissa Rohlin, “la posición en la pista de cada uno de los diez jugadores en cualquier momento de un partido” que ya ha terminado. En las postrimerías de su etapa en Miami el técnico Erik Spoelstra, asombrado por la precisión de sus recuerdos, que no abrían un solo vacío en secuencias enteras de partidos jugados tres o cinco años antes, quiso saber más. Hasta que hablando con él extrajo una verdad más incómoda: “O sea que recuerdas los fallos”. Aquel prodigio tenía, como el Funes de Borges, un reverso oscuro que lo hacía vulnerable al activar “recuerdos indeseados”. Y en situaciones límite esa interferencia actúa como obstáculo pudiendo nublar el objetivo.https://player.elconfidencial.com/embed/video/62_w4tGO89A/640/360/0/

Un tramo (2009-11) de su voluminosa biografía deportiva contiene no pocos ejemplos de parálisis por miedo. Esta circunstancia no solo humanizó a James. Lo distingue de Michael Jordan y su genética protección al temor de errar, según sus palabras, “un tiro que aún no ha sido lanzado”. Siendo ciertas ambas posturas, no son incompatibles con la fortaleza del legado. Pesa en los ganadores una ley eterna, un recorrido natural, que los hace ascender, en algún punto de carrera, de una depresión anterior, de un fondo introspectivo al que la derrota sumerge. Jordan lo sufrió con los Pistons y James por su terrible abismo mental en las Finales de 2011 ante Dallas. “Le quebramos la cabeza”, reconocía el dueño de los Mavericks, Mark Cuban.

Hundido a su peor estado como profesional –LeBron pasó semanas encerrado a solas–, una mañana decidió que era momento de levantarse y regresar al origen, a su Akron natal, en busca de alguna verdad chamánica que encontró en su antiguo entrenador de instituto, Keith Dambrot. “Siento que ya no disfrutas –le advirtió–, que has dejado de divertirte como hacías antes”. Que pendiente de la presión hostil, la luz se había perdido. James se entregó en cuerpo y alma al durísimo trabajo de renacer y, en adelante, en un periodo de nueve años que alcanza hasta hoy, se anotaría cuatro títulos en ocho Finales con tres equipos en una apabullante serie de 28-4. Es casi una década, cuando antes ya había dominado la eficiencia en pista cuatro temporadas seguidas.

En esencia, el proceso vivido es un arquetipo –del niño al mito–. Pero desde aquel umbral cabe detenerse en la magnitud de lo obrado con él como raíz. Es lo que puede abrir ya una distancia ignorada, más cuando la línea abierta no presenta descenso alguno.

Mientras la edad actuó en los mejores como el mayor atenuante, la reducción natural de fuerzas vitales, en James el paso del tiempo no termina de reducir su producción y poder. Es lo que Zach Lowe refería como una “cumbre sin fin que permite mirar al horizonte y seguir ahí”, y Steve Kerr considerarlo incluso “mejor jugador hoy que hace seis años” a su salida de Miami. Y puede ser esta su mayor singularidad en relación al pasado.

Mientras la edad actuó en los mejores como el mayor atenuante, en James el paso del tiempo no termina de reducir su producción y poder

Al término del séptimo partido de las Finales del Este de 2018, que los Cavs resolvieron en Boston (79-87), el analista Tom Haberstroh calificaba la actuación de James (35-15-9) como “impensable”. En su partido número 100 de temporada había disputado los 48 minutos posibles, acumulando en la serie un volumen muy superior al de las piernas jóvenes de sus rivales. Su última acción de canasta reformulaba una vez más sus límites de rendimiento. “LeBron tiene asombrada a la comunidad científica del deporte –destacaba el doctor Michael Joyner, uno de los mayores especialistas mundiales en fisiología del ejercicio–. Va siendo hora de reconocer de lo que somos testigos con él. Pero también de sacar de la ecuación a Jordan. Porque ambos son diferentes”. Esta obviedad, que tanto cuesta entender sin perjuicio a ninguno, conviene ser frecuentada. Porque ha llegado un punto en que incluso el debate es inane. Tan cierto es que sigue sin haber una altura superior a Jordan como que LeBron no es inferior a nadie. Y esta doble máxima tiene como muestra el curso entero del juego.

Siendo muy difícil condensar a ambos, es posible hacerlo en su raíz última en pista. Mientras Jordan es el mejor finalizador de la historia, de una perfección formal que solo cabría describir como mágica, su instinto más radical concebía el juego, primordialmente, como una relación sexual con el aro, para lo que exhibió el mayor volumen imaginable de recursos. De ahí su cumbre estética. En LeBron, en cambio, esa relación se proyecta y dispersa a lo grupal en muy superior grado, lo que cristaliza en una producción conjunta que ha roto barreras con todo precedente. Y esto ya no es asunto opinable.

James, en un partido de temporada regular previo a la burbuja. (Reuters)
James, en un partido de temporada regular previo a la burbuja. (Reuters)

A estas alturas se haría indigesta cualquier pieza que trate de recoger el volumen numérico de su legado. Pero ya solo avistar en el horizonte una triple frontera de 40.000 puntos, 10.000 rebotes y 10.000 asistencias sería más que suficiente para identificar su figura con el rendimiento sostenido más colosal de la historia. En realidad, no hace falta esperar. La unión de los factores primarios del juego convierte a LeBron James en el jugador más envolvente y completo que ha dado el baloncesto. Su traducción es hace tiempo insobornable: nadie ha cubierto más juego a mayor nivel durante más tiempo. En eso que se conoce como prime o esplendor, la cordillera de una estrella, no lo hubo más prolongado en el tiempo. Porque diecisiete años después sigue sin avistarse ocaso.

En 2018 el portal analítico Nylon Calculus dedicaba a James una pieza que pretendía recoger su valor en el tramo decisivo de temporada, los playoffs, donde el ya cuatro veces campeón recoge una carga a distancia sideral. Los autores empleaban dos variables: VORP (Value Over Replacement Player) y BPM (Box Plus-Minus) que, juntas, procuran una estimación del impacto general de un jugador sobre el juego, y extendían la muestra a los 25 mejores productos de carrera desde el establecimiento del triple en 1979. El resultado que mostraba la gráfica cuestionaba los cimientos de toda jerarquía convencional.

Esta pasada semana, en otro informe analítico, John Hollinger concluía que solo en términos de BPM, Jordan (7) y James (8) ocupan quince de las mejores veinte postemporadas de la historia. Y en su formulación de eficiencia conocida como PER, trece de las veinte mayores.

Nada más difícil que cuestionar la narrativa Jordan mientras quede con vida alguno de los testigos que lo vimos jugar

En el fondo, todo este debate (de gran rédito mediático) fue creciendo a medida que James iba superponiéndose a sí mismo en la gesta de presentarse, anualmente, en la escena por el título. Y toda objeción a la analogía tiene una raíz cultural. Porque nada más difícil que cuestionar la narrativa Jordan mientras quede con vida alguno de los testigos que lo vimos jugar. Llega a tal punto su sacralización que resulta públicamente suicida atreverse. Sin embargo, con criterio y panorámica, es posible un ejercicio mental que haga saludable cruzar los factores que ambos hubieron de atravesar. Incluso dejando a un lado variables etéreas, como formular el volumen de talento en esplendor de los años noventa –muy especialmente en su segunda mitad–, muy inferior a lo que el mundo recuerda. Bastaría preguntarse por el segundo mejor jugador de perímetro en aquella década.

Mientras Jordan disputó objetivamente un Este más duro, de élite mayor, los Bulls no tuvieron que medirse a dos de los mejores equipos de todos los tiempos (Spurs 2014 y Warriors 2014-2018), lo que obligó a LeBron a cinco de las cruzadas más difíciles en su conquista a la cima, con o sin éxito. En tres de sus cuatro anillos tuvo que eliminar a cinco integrantes de los All NBA Teams de temporada mientras Jordan solo tuvo que hacerlo en uno (1991). Sería posible, en suma, enfrentar un sinfín de variables y fascina comprobar que el número de estudios no solo aumenta sino que, como ya probó Harvard en 2017, la cuestión incluso ha entrado en el orbe analítico universitario. Ha ganado suficiente fuerza la convicción de estar ante los dos mejores ejemplares de siempre.

Ruido: la sociología del odio

Entre los tiempos de Jordan y James el baloncesto ha cambiado. Pero aun viviendo el juego una revolución, lo ha hecho en mucha menor medida que el mundo que lo observa. Mientras Jordan alteró para siempre las reglas del juego como icono universal, una corporación gestada al amparo de su incalculable figura, la masa era esencialmente espectadora. Contemplaba en silencio a aquel dios de pantalla, la prensa escrita recogía sus epopeyas y los productos audiovisuales multiplicaban sus gestas. Desde entonces su legado no ha hecho más que reforzarse. A la figura real se fueron añadiendo capas que fortalecen su relato a la dureza del diamante, que multiplican ad infinitum sus aciertos mientras sus errores han desaparecido. Esto significa que Jordan no solo ganó en activo: lo sigue haciendo hoy y lo hará, como dicta la lectura de su estatua, siempre y sobre cualquier sucesor.

Jordan alteró para siempre las reglas del juego como icono universal, pero la masa solo podía contemplar en silencio a aquel dios de pantalla

A diferencia, LeBron James vino a inaugurar la era del Gran Hermano, un nuevo tiempo de vigilancia infinitesimal en vivo hasta el más mínimo detalle, real o irreal. Porque esa distinción ha dejado de importar. Con ello conviven hoy todas las estrellas y así lo harán las del futuro, sometidas al escrutinio de la masa en una arena pública donde solo el ruido despunta. Más atronador cuanto más hostil y más rentable cuanto más imperativo.

Durante las Finales de 2014 el técnico de los Spurs, Gregg Popovich, lo expresaba como nadie: “Si va a la derecha, diréis que debería haber ido a la izquierda. Si tira, que debería haber pasado. Si pasa, que debería haber tirado”. Resumía así la insaciable voracidad de esta nueva presión exterior y la proliferación de vías de asalto a los protagonistas, un fenómeno que el siglo XX no conoció.

Popovich remarcaba entonces lo declarado al año anterior. “Su despliegue de juego total y sus facultades mentales no tienen parangón y puede que nunca”. Como si con ello declarase alto el fuego. Sus palabras, entonadas con la molestia de alguna causa, eran similares a las de innumerables técnicos que se sintieron impulsados a defenderle ante las atrocidades que leían por la infección del odio, un fenómeno inseparable de la era de internet y las redes sociales, de la nueva rebelión de las masas, la tiranía de la voz para todos y la salvaje polarización de esta era.

James luce una camiseta llamando al voto durante un calentamiento. (EFE)
James luce una camiseta llamando al voto durante un calentamiento. (EFE)

Esa fue la razón por la que innumerables jugadores en los últimos quince años vinieran también a denunciar la crueldad de este absurdo. Abriendo octubre, Damian Lillard citaba al agente Nate Jones mostrando apoyo a su mensaje. “Resulta demencial que siendo testigos de este atleta único en la historia sigamos viendo gente perseguir lo que no hace en lugar de lo que hace”. La muerte de Kobe Bryant a finales de enero parecía venir a humanizar a toda esa pasional masa deportiva que enfurece a diario, a la que de pronto dominaba una sensación de benevolencia, de aplacar la ira y apreciar la grandeza mientras siga entre nosotros. Aquel amago de paz apenas duró dos semanas.

Radiografiar el inmenso y ensordecedor escenario público en el que la carrera de James se agita excedería con creces la intención de estas líneas. Pero en nuestro país es posible sintetizar dos grandes géneros en esa psicología de resistencia que invade todo rincón a todas horas.

Se da además una curiosa paradoja que vincula a dos generaciones esencialmente remotas. Una madura, que nació en paralelo a la llegada de la NBA a España junto al fenómeno Cerca de las Estrellas. A juicio de este sector, que abandonó el seguimiento con las primeras canas y el vaciado de juego en los infames años noventa, el baloncesto se acabó en cuanto ellos desertaron. Instalaron en el imaginario a Magic y Bird como insuperables, le añadieron a Jordan y ahí se acabó todo. Son tantos como alumbró la generación del Baby Boom y su masivo discurso ni se preocupa en ocultar un racismo larvado: “La NBA, esa liga de saltimbanquis chupones y dopados. El baloncesto de verdad se juega en Europa”. Establecen así una oposición entre baloncesto bárbaro y baloncesto civilizado, el que por razón genética se vio históricamente obligado a que muchas manos tocaran el balón para hacer canasta. Y entretanto, no ven contradicción en añorar los tiempos de Petrovic, Oscar y Galis.

Este discurso lleva años siendo muy visible en sus nichos de comunicación. Por las mañanas, en horario de oficina, tras la ración de una prensa que nunca trasnocha, pontifican en redes y foros lo desdichado que es el juego de hoy y lo terrible que es LeBron para el baloncesto, que renunciaron a seguir por una vida matrimonial y cristiana. De otro modo, cuando la NBA se produce, cuando LeBron James trabaja, ellos duermen. Así fue siempre y así se han perdido la monumental carrera de un jugador del que luego abominan.Jordan, el equidistante: “Cerró la puerta a hablar de racismo, pero LeBron la reabrió”Carlos PrietoEl silencio de Jordan en los 90 creó una burbuja de deportistas apolíticos. Ahora se manifiesta por primera vez tras una revuelta racial, a rebufo de una NBA mucho más politizada

En esta sociología del odio, se les ha unido una generación lactante, la más vulnerable a las click-baity hot takes, educada a salvo de empatía –como a diario demuestran en redes–, cegada hasta la anoxia no por el baloncesto, sino por una variante conocida como hero ball, la peor secuela legada al futuro por el depredador Jordan y su más avanzado discípulo, Kobe Bryant. Al fin y al cabo, en eso consiste The Last Dance, una actualización maquiavélica del fin y los medios, un erotismo desaforado por la versión deportiva del serial killer. “Sentirse el macho alfa a cada instante –denunciaba Henry Abbott– es una forma histérica de liderar”. Y no se olvide, una sola, muy distinta de otras magistrales interpretaciones del juego, al modo esencialmente colectivo de Larry Bird o Magic Johnson. A esta última pertenece de raíz LeBron James, a quien solo una naturaleza física privilegiada condenó a ejercer, también, como depredador.

Sentirse el macho alfa a cada instante –denunciaba Henry Abbott– es una forma histérica de liderar

Porque durante toda su vida ese portentoso cerebro ha venido quedando eclipsado por un cuerpo de superhéroe por el que el baloncesto ario le exige perdón.

Y ya va para dos décadas que su prodigiosa atención al detalle, el uso del tempo, la memoria táctica y su constante proyección transitiva al juego coral le convierten en uno de los jugadores de mayor inteligencia nunca vistos. Más que el cuerpo, señalaba su ahora asistente Jason Kidd, será “su cabeza lo que le permita jugar más allá de los cuarenta”.

En el fondo nada de esto importa. La realidad está felizmente a salvo de esa pueril psicología de resistencia a lo nuevo, aun habiendo demostrado ya tanto, “como si una parte del público no quisiera que nada ni nadie vinieran a cuestionar lo más mínimo sus objetos de adoración, a erosionar los monumentos de su memoria, sospechosamente coincidentes con los años de infancia o juventud”. La insufrible sobrecarga de ruido, la mayor que haya tenido que soportar deportista alguno, terminará siendo en su biografía otra barrera caída, tal vez el obstáculo más grande y admirable de todos.

James celebra el título junto al general manager Rob Pelinka. ('USA Today')
James celebra el título junto al general manager Rob Pelinka. (‘USA Today’)

En una hermosa columna cedida a Kareem Abdul-Jabbar por Newsweek en febrero de 2019, el mito admitía desde el titular que el significado de LeBron James ya es “mayor que el debate por el más grande”, al trasladar su fortaleza a estimables compromisos sociales con sectores desfavorecidos y convertirse por ello en “un héroe de nuestra era”. Descendiendo a pista Kareem incidía en su “épica batalla contra el tiempo” como la más diferencial respecto a todo jugador habido. “Su legado –decía– está asegurado. Seguirá rompiendo marcas y tal vez la mía como máximo anotador de siempre. Cuando lo haga, allí estaré aplaudiendo, porque cada vez que se derriba un récord el ser humano habrá empujado un poco más los límites de lo que es capaz”.

Cuando un día este superhombre decida que ha llegado el final –no oculta su deseo de coincidir en pista con su hijo Bronny– el mundo tardará décadas en materializar un prototipo de producción, si acaso, cercano. Aun en el siglo XXII James será uno de los pocos biotipos que no serán observados con el previsible desprecio genético al pasado, tal y como hoy es posible hacerlo con Chamberlain. Mientras tanto, como rezaba su más célebre eslogan: “We are all witnesses”. Y la realidad, como siempre, permite abrir o cerrar los ojos.

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VENUS

Posted by Arnau en septiembre 15, 2020

Hallados posibles indicios de vida en Venus

Astrónomos de Europa y EE UU detectan un gas fétido que atribuyen a microbios suspendidos en las nubes

 

Científicos europeos y estadounidenses aseguran que han encontrado posibles indicios de vida en Venus, el planeta más cercano a la Tierra. Este mundo es un viejo conocido de los terrícolas que, sin embargo, llevamos décadas sin visitar, pues no teníamos esperanzas de encontrar allí nada vivo. El hallazgo es aún preliminar y necesita ser confirmado, pero sus autores aseguran que una de las explicaciones más plausibles para sus observaciones es que haya vida en este planeta. Sin embargo, muchos de los expertos independientes consultados por este periódico contestan que las pruebas no bastan para sacar esa conclusión.

Venus es el gemelo infernal de la Tierra. Si un humano pudiese pisar su superficie vería todo de color anaranjado, el cielo muy bajo y neblinoso y moriría al instante, pues la presión allí es equivalente a la que hay a 1.600 metros bajo el mar. Su composición es rocosa, y su tamaño casi idéntico a la Tierra. Pero su atmósfera está hecha de gases tóxicos que generan un calentamiento global desbocado que calienta su superficie a más de 400 grados, suficiente para fundir plomo.

En comparación, las nubes altas de Venus parecen el Edén. A unos 50 kilómetros sobre la superficie la temperatura es de algo más de 20 grados y la presión muy similar a la de la Tierra. Uno de los primeros en proponer que podría haber vida en las nubes de este planeta fue el científico y divulgador Carl Sagan, que en 1967 publicó un estudio en Nature especulando que podría haber seres macroscópicos del tamaño de pelotas de ping-pong; una especie de medusas flotantes en la atmósfera especializadas en vivir entre gases tóxicos. Fue también Sagan quien en vida repitió muchas veces una frase que viene muy a cuento de este hallazgo: “Las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias”.

 

Más de medio siglo después, un equipo de astrónomos de EE UU y Europa anuncian que han detectado “fosfina” —fosfano por su nombre oficial— en la atmósfera del planeta. La fosfina es un derivado fétido y tóxico del fósforo. Se ha usado como arma, como insecticida y es un residuo de la producción de metanfetamina, una droga.

Desde hace años se sabe que los mayores planetas del sistema solar, Júpiter y Saturno, generan fosfina al unir un átomo de fósforo y tres de hidrógeno en sus capas internas, que están a más de 500 grados, en un proceso totalmente ajeno a la presencia de vida. Pero la fosfina también existe en la Tierra y su fuente principal se asocia a microbios que viven en entornos donde no hay oxígeno, incluido el fondo de algunos lagos, las aguas fecales y el intestino de animales, incluidos los humanos, según los responsables del hallazgo.

 

En su estudio publicado hoy en Nature Astronomy señalan que la cantidad de fosfina en Venus es 10.000 veces más alta que la que podría producirse por métodos no biológicos. Los autores del trabajo han hecho una simulación de procesos que podrían producir fosfina en Venus sin necesidad de microbios venusianos, entre ellos el impacto de relámpagos, la fricción tectónica, la caída de meteoritos. Ninguno, dicen, es ni de lejos igual de posible que la presencia de microbios en las nubes de Venus que estén produciendo este gas.

La primera evidencia de la presencia de este compuesto se captó en 2018 usando el telescopio James Clerk Maxwell, situado más de 4.000 metros de altura sobre un volcán en Mauna Kea, Hawai. Este es un telescopio de radio que capta las ondas que emiten los compuestos químicos a medida que giran en torno a un planeta. La longitud de onda de las señales de radio que emiten permiten saber de qué compuesto se trata. En este caso la detección de fosfina no fue concluyente. Un año después, los astrónomos usaron ALMA, otro radiotelescopio situado en las alturas del desierto de Atacama de Chile, mucho más potente. La señal de fosfina era mucho más clara. Pero solo se captó una de las líneas de emisión de radiación de las muchas que puede emitir este compuesto, exactamente la que tiene una onda con una longitud de 1,1 milímetros, explica a EL PAÍS Jane Greaves, astrónoma de la Universidad de Cardiff y coautora del estudio. La investigadora explica que tuvo la idea de buscar fosfina en Venus de forma independiente en 2016. Cuando su equipo encontró la primera señal en 2017 contactó con Clara Sousa-Silva, astrónoma del Instituto Tecnológico de Massachusetts que había centrado su tesis en la detección de fosfina como biomarcador. El reto ahora es hallar más pruebas de su presencia en Venus. “Hay otras dos líneas que se podrían captar desde la Tierra, pero parece que no son capaces de atravesar la atmósfera terrestre”, señala. Para verlas haría falta un telescopio espacial.

Parte de los científicos que firman el estudio publicaron un detallado estudio anterior en el que concluían que la presencia de fosfina en un planeta rocoso como Venus solo puede deberse a la presencia de vida. En su estudio de hoy son algo más cautos. “La detección de PH3 [símbolo de la fosfina] no es una prueba sólida de vida, solo de química anómala que no podemos explicar”, concluyen.

Sousa-Silva explica a este diario que la publicación de este estudio es una llamada de auxilio a la comunidad científica internacional. “No encontramos ninguna explicación alternativa a la presencia de este compuesto en Venus y necesitamos que la comunidad científica analice nuestros datos y nos demuestre que es posible generar fosfina sin la necesidad de que lo hagan microbios”, señala.

La investigadora señala que este estudio fue rechazado por Science, una revista científica de mucho más prestigio, probablemente porque sus revisores no vieron suficientes pruebas para sustentar la hipótesis. Añade que sus planes eran confirmar estas observaciones con telescopios infrarrojos, uno en Hawai y otro montado a bordo de un Boeing 747 de la NASA. Tienen los permisos, pero la pandemia de covid les ha impedido realizar las observaciones, explica.

 

La fosfina no tiene por qué ser un marcador de vida, sino que puede aparecer por procesos ajenos a ella, asegura Kevin Zahnle, científico planetario experto en Venus que trabaja en la NASA y que ha sido uno de los revisores del estudio. “Este es un descubrimiento inesperado y digno de publicación, resalta. Zahnle reconoce que generalmente la fosfina se asocia a la vida, pero añade que en realidad es un producto abiótico que se encuentra en el entorno donde se descomponen los seres vivos después de morir. “Los libros de texto nos dicen que la forma de hacer fosfina en el laboratorio es calentando ácido de fósforo. Yo empezaría ahí para entender lo que está sucediendo en Venus. ¿Qué es más fácil de imaginar, gotas de ácido de fósforo que se evaporan al caer o vida en las nubes? Yo opino que lo primero”, explica.

“Este estudio es sólido, pero la vida en Venus no es la explicación más probable”, opina Kathrin Altwegg, astrofísica de la Universidad de Berna que ha estudiado la presencia de fósforo en cometas. “Aún queda mucho por investigar sobre este tema, pero sin duda es un resultado interesantísimo”, añade.

“Es una detección apasionante, pero se queda muy, muy lejos de probar la existencia de vida”, confiesa Ignasi Ribas, astrónomo del Instituto de Ciencias del Espacio (IEEC-CSIC). Normalmente en este tipo de trabajos se detectan varias líneas de emisión para confirmar la presencia de un compuesto. En esta ocasión solo hay una. “Es como tener solo una de las líneas que componen la huella dactilar de una persona”, señala Ribas. “No está claro que lo que han visto sea fosfina y, si lo es, es posible que se deba a procesos químicos no biológicos que no conocemos. Esto recuerda a cuando se propuso la existencia de vida en Marte basada en unas rocas con aparentes formas fósiles. Eran cinco pruebas no concluyentes. La suma de estas nunca puede ser una conclusión sólida. En este caso tampoco. Hay que hallar más pruebas”, añade.

“Este estudio no demuestra la existencia de vida en Venus, pero es revolucionario”, opina James Garvin, jefe científico del Goddard Space Center de la NASA, quien lleva 40 años investigando Venus. “Una observación de un solo compuesto químico nunca bastará para probar que hay vida fuera de la Tierra. Lo que sí hace es cambiar nuestro punto de vista y mostrarnos que la vida puede estar en lugares inesperados”, resalta.

El mundo aún estaba sumido en la Guerra Fría cuando en 1985 penetró en Venus la última nave humana que ha visitado este planeta, lanzada por la extinta Unión Soviética. De eso hace una generación. Ahora sabemos que Venus tuvo un océano hace millones de años y que la vida pudo surgir allí. Garvin lidera una posible misión de la NASA para regresar al planeta y analizar por primera vez la composición detallada de su atmósfera en la próxima década. “No podremos entender qué está pasando allí hasta que no volvamos”, resalta.

 

Artículo razonado y escrito por Arnau

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BARÇA!

Posted by Arnau en agosto 27, 2020

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ANTE TOMIC SE DESPIDE DEL BARÇA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Posted by Arnau en julio 2, 2020

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Disturbios raciales de Tulsa de 1921

Posted by Arnau en junio 10, 2020

La masacre racial de Tulsa fue un ataque racista de gran escala ocurrido entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 1921, en el que grupos de población blanca estadounidense atacaron a la comunidad negra de Tulsa, en Oklahoma.

Uno de sus principales focos fue el distrito de Greenwood, también conocido en inglés como “the Black Wall Street”,1​ la comunidad afro-americana más próspera de los Estados Unidos de América, el cual resultó completamente destruido.

 

Antecedentes

Como antecedentes contextuales, cabe citar el Verano Rojo de 1919 en EE.UU., que se caracterizó por repetidos conflictos raciales. Como antecedentes inmediatos, en la tarde del día 30 de mayo un hombre afroamericano, Dick Rowland, fue denunciado ante la policía, acusado de atacar a una mujer blanca.234​ En la mañana del día siguiente, 31 de mayo, Dick Rowland fue detenido.456​ La repercusión del caso y la existencia de tensiones previas llevó a la concentración de grupos armados blancos y negros en torno al lugar en el que Rowland se encontraba detenido, muy próximo al distrito de Greenwood, a lo largo de la tarde del mismo día y al temor sobre un posible intento de linchamiento.784

Desarrollo

Los tiroteos se iniciaron al caer la noche del 31 de mayo, hacia las 22:00 horas, mientras que los incendios se sucederían a partir de la medianoche, empezando los primeros a la 1:00 del 1 de junio.9​ Durante las 16 horas del asalto, más de 800 personas fueron internadas en hospitales locales con heridas, y más de 6.000 habitantes de Greenwood fueron detenidos en tres instalaciones locales.4​ Cerca de 10.000 afro-estadounidenses fueron desalojados, y 35 manzanas compuestas de 1.256 residencias fueron destruidas por el fuego. El número oficial de muertos según el Departamento de Estadísticas Vitales de Oklahoma fue de 39, pero otras estimaciones de muertes entre la comunidad negra estadounidense apuntan a cerca de 300 muertos.4

El estallido de los disturbios provocó la movilización de tropas. El Ayudante General de la Guardia Nacional, Charles Barrett, llegó hacia las 9:00 de la mañana del día 1 de junio con cerca de 109 soldados venidos de la capital del estado, Oklahoma City. Barrett también convocó refuerzos de varias otras ciudades de Oklahoma. A esas alturas del día, la mayoría de los ciudadanos afro-estadounidenses sobrevivientes a los disturbios habían huido de la ciudad o estaban bajo custodia en los varios centros de detención. Las tropas declararon la ley marcial a las 11:49 de la mañana,4​ y hacia el mediodía consiguieron suprimir la mayor parte de la violencia restante.

Investigación

Con posterioridad, los eventos del motín fueron omitidos en la historia local y estatal; los disturbios raciales de Tulsa de 1921 se mencionaron raramente en los libros de texto de historia local.10​ En 1996, la Asamblea Legislativa encargó una investigación sobre los hechos,11​ lo que llevó a la creación de la Oklahoma Commission to Study the Tulsa Race Riot of 1921 en 1997. La investigación fue concluida en 2001,1213​ al crearse la Tulsa Reparations Coalition.14​ A partir de la misma, se aprobaron acciones compensadoras para los descendientes de las víctimas,15​ y un parque memorial, terminado en 2010, dedicado a las víctimas de los incidentes.1617

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Al alba

Posted by Arnau en abril 5, 2020

Si te dijera, amor mío,
Que temo a a la madrugada,
No sé qué estrellas son estas
Que hieren como amenazas,
Ni sé qué sangra la luna
Al filo de su guadaña.
Presiento que tras la noche
Vendrá la noche más larga,
Quiero que no me abandones
Amor mío, al alba.
Los hijos que no tuvimos
Se esconden en las cloacas,
Comen las últimas flores,
Parece que adivinaran
Que el día que se avecina
Viene con hambre atrasada.
Presiento que tras…

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Gràcies

Posted by Arnau en enero 27, 2020

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Vinga, ara et toca a tu, tros de babau!

Posted by Arnau en enero 13, 2020

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