Arnau

Almacén de relatos olvidables

Archive for the ‘Relatos reales’ Category

¡Qué grandes!

Posted by Arnau en junio 24, 2011

Documental sobre un caso verídico: un equipo de fútbol que no marcó su primer gol hasta el último partido de liga.

 

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Entrevista a George W. Bush

Posted by Arnau en noviembre 18, 2010

Nadie discute que George Bush ha sido una marioneta manejada por los poderes fácticos capitalistas, además de un hombre de paja controlado por los halcones de su propio partido. Tampoco de ser un tonto de los cojones; su frase “Nuestros enemigos los terroristas son innovadores e ingeniosos, y nosotros también. Nunca dejan de pensar en nuevos métodos para perjudicar a nuestro país y a nuestro pueblo, ni nosotros tampoco” (6-08-2004) así lo atestigua. El caso es que indagar en sus escasos indicios de actividad cerebral me aburría hasta el hastío; un mono hace monadas y nadie lo cuestiona. Sin embargo sí que me interesaba descubrir quién fue el verdadero líder en la sombra de su gobierno, la mente pensante instigadora, en definitiva, quién coño fue el auténtico tramoyista de la cruel opereta que el anterior presidente de Estados Unidos escenificó durante todo su esperpéntico mandato.

-Buenas tardes, señor Bush, gracias por recibir a este modesto periodista español en el jardín de su magnífico rancho de Texas.

-De nada, joven, ¿cómo está usted?

-Bien gracias. Aunque estaría algo mejor si me dejara de apuntar con el revólver, la verdad.

-Lo siento si le incomoda esta situación, pero no me fío en absoluto de los Espaldas mojadas. Son ustedes medio animales.

-No soy mejicano, señor Bush, si es a eso a lo que se refiere. Hablo su misma lengua, es cierto, pero ya le he dicho que vengo de España, ese pequeño país del continente europeo.

-Entiendo, entonces tranquilícese. Piense que en Texas tenemos que estar siempre precavidos contra cualquier contingencia criminal que provenga del exterior. Le pido disculpas. Y ahora entrégueme usted todas las armas que pueda llevar encima, haga el favor.

-No creo que sea necesario, señor Bush. No suelo ir armado.

-Usted sabrá lo que hace.

-Eso intento. Pero permítame, pasado este belicoso circunloquio, poder entrar ya en materia. Todos sabemos que el filósofo Aristóteles educó en su día al Rey Alejandro, el líder macedonio que conquistó medio mundo conocido, ¿me interesaría conocer quién ha sido, aparte de su padre, su referente o inspirador ideológico?

-… Mire joven, me gustaría que esta entrevista fuera por unos derroteros más mundanos y algo más campechanos. No se lo tome como un agravio personal, pues tenga por seguro que liberado de mis responsabilidades no pretendo desestimar ninguna de sus preguntas, pero si le he de ser sincero esta no la entiendo.

-(Esto será más complicado de lo que imaginaba) Ya veo, no se preocupe señor Bush, intentaré ser más conciso a partir de ahora. Hábleme para empezar de Condolezza Rice, ¿cuál era su ascendencia real sobre usted? ¿En qué estima la tenía?

-Condolezza fue junto con Colin la lamentable cuota negra del gobierno. Es verdad que fue una mujer servil y diligente mientras estuvo con nosotros, pero también resultó ser en exceso intelectual además de poseer un sentido del humor algo extraño. Siempre decía que Aznar le recordaba a Thornny “el aplastacráneos” de Erik el Vikingo, aquel guerrero mermado e inconsciente que siempre era el primero en partirse la cara por los demás. Y si le he de ser franco, nunca entendí ni esa analogía ni por supuesto el humor irreverente de los Monty Python. Nosotros tan sólo buscábamos una especie de ariete escaso de personalidad para dinamitar la unidad europea y así poder acudir a la guerra sin lastre. Sin más.

-Visto el respeto con el que habla de la señora Rice, ahora entiendo su dejadez con los ciudadanos de raza negra que vivían en New Orleans, señor Bush.

-No se crea, como ya he dicho en mis memorias me conmovieron mucho las imágenes de negros y negras llorando.

-Declaración que le honra.

-Gracias. Siempre había pensado que los primates inferiores carecían de glándulas lagrimales. Realmente fue un descubrimiento antropológico de primer orden para mí.

-En fin, ¿qué opinión tiene de Dick Cheney?

-Dick era un vividor que estaba obcecado en coleccionar despachos. El muy gorrón tenía uno de lujo en la Cámara de Representantes, otro de cojones en el Ala Oeste, otro de tres pares de narices en el viejo Edificio Ejecutivo, y nada menos que dos más en el Senado. Era su puto vicio, los arramblaba con la misma fruición de quien come perritos calientes en un partido de béisbol de los Rangers. Aunque eso sí, no me gustó para nada su propensión a exigir tratos especiales para sus empresas en los contratos de Oriente Medio.

-¿Le disgustó que lo acusaron de fraude cuando era presidente de sus empresas?

-¡Qué coño! Lo que no me gustó un ápice fue que Dick nunca se entretuviera en enseñarnos los entresijos de la intriga y maquinación que utilizaba en los yacimientos petrolíferos que controlaba. Por no hablar que no repartió ni las migajas de los 36 millones de dólares indemnizados por la Halliburton Company. ¡Puto capitalista!

-Me imagino su cabreo, señor Bush, pero pasemos a otra página. ¿Y Donald Rumsfeld qué tal?

-Hombre, Donald fue realmente otra cosa, la verdad. Un tipo que se vestía por los pies además de un auténtico patriota, un Secretario de Defensa como Dios manda, con valores profundos y sin apenas tacha. Siempre fue partidario de una estrategia militar sin concesiones e implacable con nuestros enemigos. También con nuestros amigos, por cierto. Recuerdo que el muy cabrón experimentó el “Waterboarding” con Aznar el “Aplastacráneos” en una de sus visitas a Estados Unidos, justo antes de implantarla en los campos de concentración de Irak.

-¿Experimentaron la infame técnica de tortura por ahogamiento con Aznar, señor Bush?

-¿Se acuerda de aquél acento chicano tan ridículo? El pobre tenía las amígdalas inundadas. A Donald se le fue un poco la mano, ciertamente.

-¿No les da vergüenza?

-De esa tenemos poca.

Después de las últimas respuestas mi perplejidad ante los hechos relatados se encaminaba hacia una profunda indignación. Me negaba a seguir dando pábulo a ese hijo de puta y a todos sus adláteres. Por otro lado, era evidente que la admiración que profesaba el ex presidente hacia el Secretario de Defensa sentenciaba mi duda ante lo que andaba buscando: Donald Rumsfeld, el responsable de las torturas en Guantánamo y Abu Ghraib, era el abyecto personaje, el seguro ideólogo entre bambalinas del otrora presidente republicano. O eso pensaba hasta que Laura, la esposa de Bush, salió del porche para acercarse con paso firme hacia nosotros y empezar a bramar como una posesa, a mandíbula batiente:

-¡George, déjate de chácharas, que es tarde y aún tienes que hacer la cena! Busca las patatas en la despensa y la ternera en la nevera. Y con garbo, que en media hora termino de redactar el segundo volumen de tus memorias y tengo el estómago famélico. Por cierto, joven, ¿le apetecería quedarse a cenar con nosotros? -dirigiendo esta vez su mirada hacia mí.

-Por supuesto. No me lo perdería por nada del mundo -le contesté desencajado.

-Perfecto. Y no haga demasiado caso a mi marido, siempre le pierden los modales. ¡Uno más en la mesa, George!

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Entrevista de trabajo con el director de La Gaceta

Posted by Arnau en noviembre 3, 2010

Quizá fuera por la desesperación de una economía doméstica ciertamente precaria, o tal vez sólo por mi maldita afición antropológica, no sé, el caso es que no dudé ni un ápice en responder a la oferta de trabajo para periodistas jóvenes y recién licenciados que convocaba el periódico ultra La Gaceta de los Negocios.
Afortunadamente el aspecto agradable y juvenil que mis padres me han regalado fue el salvoconducto ideal para no crear apenas sospechas acerca de mi verdadera edad. Eso y una orla editada digitalmente fue lo único necesario para poder ser entrevistado por don Carlos, el esperpéntico director de ese cerumen nauseabundo del grupo Intereconomía.

-Buenos días, don Carlos, gracias por recibirme.

-¿No es usted un poco mayor para haber finalizado recientemente sus estudios en la universidad?

-(Sagaz, el hijo de puta) Una tesis doctoral que me conllevó cierto tiempo, don Carlos.

-Está bien, ¿cómo se llama?

-Arnau.

-¿Es usted catalán?

-Sí señor.

-Empezamos mal. Aunque no se preocupe, en esta vida no hay nada que no se pueda reparar. ¿Supongo, no obstante, que votará a Ciutadans, al PPC, tal vez a Plataforma per Cataluña de Josep Anglada…?

-La verdad es que no, don Carlos. La vida es muy compleja para tener certezas, pero más bien mi ideología se decanta hacia el progresismo, en general hacia los partidos de izquierdas. Diría también que soy independentista.

-Pero… ¿usted sabe con quién coño está hablando?

-Por supuesto, don Carlos. Justamente por eso he acudido a su oferta de trabajo. No sé, modestamente, creo que podría aportar cierto contrapunto en los análisis de las noticias que se ofrecen en La Gaceta, tal vez una perspectiva no tan preconcebida como la actual, beneficiosa incluso para la higiene cerebral de sus lectores.

-¡Lo que faltaba por oír! Mire, listillo, dejando de lado que la sesera de nuestros lectores no es de su incumbencia, le diré abiertamente que me está usted empezando a tocar los cojones. Vamos a ver, ¿le puedo preguntar si sabe a qué nicho de mercado está decantado ideológicamente nuestro periódico? ¿Porque si no se lo explico?

-Creo que no hará falta. Tal vez sea un mercado que aglutina a franquistas, fascistas, homófobos, machistas, racistas, legionarios de Cristo y ultras en general, don Carlos.

-Exacto. Todos ellos españoles de bien. Y si quiere trabajar con nosotros tiene que entender muy bien su idiosincrasia, pues son ciudadanos que no admiten dudas ni matices en su vida, por otro lado como tiene que ser. Por ejemplo, para nuestros lectores Obama es un negro, sin más, con toda la bestialidad que eso ya de por sí representa. Para nuestros lectores Zapatero es un masón y un terrorista, también sin más, con todo lo ignominioso que eso conlleva per se. Para nuestros lectores un homosexual es un puto abreculos abyecto, con todo lo repugnante y hediondo que eso por sí solo ya significa. Para nuestros lectores las mujeres asiáticas se visten como putas, sin ambages, con todo lo pernicioso y descortés que eso puede denotar para los hombres pudorosos. Para nuestros lectores, y no se me enfade, un catalán es un hijo de perra ininteligible que se cree con derecho de pernada y nación, sin más, cuando es evidente que nunca ancestro suyo perteneció a reino conocido, con todo lo antipatriota que resulta esta conducta para un buen español. En La Gaceta obviamente todas estas opiniones las compartimos, las hacemos nuestras, así como las publicamos. Forman parte, en definitiva, de nuestra innegociable línea editorial.

-Mire, don Carlos, no voy a comentar nada acerca de esas opiniones que vierte sobre Obama, sobre Zapatero, sobre los homosexuales ni mucho menos sobre las mujeres asiáticas, simplemente que son susceptibles de llevarlas de cabeza al Tribunal Constitucional por punitivas, pero sí que le voy a contestar que no es necesario un linaje real para poder considerar como nación a un pueblo con historia, cultura, tradición y lengua propias si sus ciudadanos mayoritariamente así lo desean. Faltaría más.

-Joder, vaya perla, ¡y ahora nos sale republicano!

-Pues sí. Además, don Carlos, puede que sus lectores no admitan dudas ni matices, pero también me tendrá que admitir que muy democráticos tampoco son.

-Déjese de idioteces, Arnau, a nosotros la democracia nos la suda. Nuestros auténticos valores son “Dios, patria y Justicia”, además de una conducta moral basada en raíces cristianas y en una tradición nacional limpia, imperial y alegre, sustentado todo por el Sagrado corazón de Jesús.

-No se ofenda, don Carlos, pero me recuerdan los preceptos que acuñó en tiempos pretéritos la extinta Fuerza Nueva.

-No me ofende en absoluto, sino todo lo contrario, estamos orgullosos de ello. Y le diré algo más, hasta que en este país no se ejecute de una vez por todas un plan administrativo, material y financiero contra todos los nacionalismos, lenguas y minorías existentes no habrá una solución efectiva para nuestra convivencia.

-¿Una especie de “Solución final”, don Carlos?

-No se pase de perspicaz, Arnau, aquí de nacional-socialistas sólo están ustedes los catalanes. Pero sí, veo que por fin nos vamos entendiendo. Métase esto de una vez en la mollera si lo que pretende es formar parte algún día de este periódico.

-La verdad es que me da miedo preguntarle qué papel desempeña La Gaceta en este maldito delirio, don Carlos.

-Haga el favor de tranquilizarse de una vez, coño. La Gaceta simplemente es un vehículo necesario para llevar a cabo nuestro plan, tan solo una plataforma imprescindible para dar un uso excepcional a nuestra propaganda, una forma de manipular, movilizar y adoctrinar a las masas social y colectivamente. Ya lo ve, sin más subterfugios malignos que le puedan a usted preocupar.

-No lo sé, don Carlos, precisamente por lo visto creo que no voy a ser capaz de trabajar en su periódico. Me está acojonando de verdad. Créame cuando le digo que hay un auténtico océano de incomprensión entre sus ideales y los míos. Además, están ustedes realmente enfermos de atar.

-No le voy a tomar sus groserías en cuenta. A diferencia de usted yo sí soy un caballero. ¿Le apetecería tomar un café mientras hablamos de sus posibles honorarios, Arnau?

-¿Acaso ahora pretende usted comprarme? ¡Es el colmo su desfachatez!

-Déjeme intentarlo al menos, le reto a que no subestime mi capacidad de sugestión; piense que los conversos son mi especialidad.

-Mi dignidad como ser humano está por encima de conversiones y chantajes, don Carlos. No insista. Tenga por seguro que ni por todo el oro del mundo me va a poder convencer.

-Dispense un momento, le ruego: “Señor Tamayo, haga el favor de ordenar a la señora Sáez que traiga inmediatamente un par de cafés a mi despacho” –espetó mientras apretaba el botón rojo del interfono-. Por cierto, Arnau, ¿el café solo o con leche?

-Con leche, gracias.

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El ganado

Posted by Arnau en febrero 23, 2010

Una sábana sudorosa traída casi con toda seguridad por valerosos guerreros cruzados de las tierras santas se encontró en 1353 en Lirey, Francia. Con posterioridad pasó a manos de los duques de Saboya, que la custodiaron con devoción en Chambéry. En 1532 la sábana quedó gravemente dañada por un incendio virulento y desde 1589 se conserva, descansando por fin de su angustioso periplo, en la majestuosa catedral de la capital del Piamonte. Todo esto sería apenas menudencias históricas si la iglesia no asegurara de manera tajante que la sábana en cuestión es el sudario que envolvió al mismísimo Jesucristo después de su crucifixión. Agárrate tú con menuda reliquia. Porque si ya para la iglesia unas falanges de San Pedro, el prepucio de Jesucristo e incluso un estornudo del Espíritu Santo atrapado en un frasco (¿?) es un magnífico negocio a la hora de recolectar fieles y almas descarriadas, imagínense el descomunal maná ante semejante reliquia de trapo.

En 1989 la sábana fue sometida -para desgracia de la iglesia- a la prueba del carbono 14 en distintos laboratorios de Suiza, Estados Unidos y Gran Bretaña. Y todos los análisis coincidieron que el tejido era de la Edad Media, entre los años 1260 y 1390. A pesar de las más que evidentes conclusiones científicas, a la institución culpable de quemar a mujeres, homosexuales, judíos y que casi colgó de la gárgola más alta a Darwin por desmontar sus dogmas de fe, estas se las trajeron absolutamente al pairo. Inasequible al desaliento y después de dos mil años de esfuerzos ímprobos para subsistir por estos mundanales no iba a ser la ciencia la que le arruinara ahora el negocio. Faltaría más.

A día de hoy, Monseñor Giuseppe Ghiberti, presidente de la comisión Diocesana de la Sindone, admite que sigue habiendo dudas científicas sobre la autenticidad de la Sábana, pero la iglesia considera la Sábana santa un “medio de evangelización y no puede renunciar a él”. Por tanto será exhibida, al igual que cada 10 años, en la catedral de Turín entre el 10 de abril y el 23 de mayo de este año 2010. Más de un millón de personas ciegas de fe han efectuado ya la reserva para ver el sudario de Jesucristo. O puede que no, que como gato por liebre tan solo vayan a ver el sudario de algún musulmán familiar de Saladino al que los guerreros cruzados cercenaron de cuajo la yugular. Pero eso, a los creyentes cristianos, supongo que les da igual. Es lo que tiene la fe, que te la puedes imaginar.

Un modelo económico fue implantado en España por el partido conservador entre 1996 y 2004. Se trataba de un modelo económico liberal traído hasta tierras hispanas por valerosos economistas, que se basaba, esquemáticamente, en la desregulación de los mercados, la falta de control del sistema financiero, la privatización paulatina del estado, el abaratamiento de los despidos, la reducción de impuestos para las clases más altas, la obligación imperiosa de consumir a destajo, el endeudamiento febril de propios y extraños y a la rápida creación de empleo en base a la construcción, la burbuja inmobiliaria y a la especulación salvaje. Una mina. Todo esto sería apenas menudencias históricas ya pasadas si el partido conservador no asegurara tajantemente que la fórmula económica en cuestión es todavía la panacea y la madre de todas las fórmulas. Agárrate tú con menuda fórmula. Porque si ya para el partido conservador el astuto modelo económico liberal tradicional era un magnífico negocio a la hora de recolectar empresarios y emprendedores descarriados, imagínense el descomunal maná que representa todo ese brutal y agresivo liberalismo Neocon para sus intereses particulares.

En 2006 este modelo entró, patéticamente, en una deriva bestial que causó una grave crisis económica y financiera mundial que agudizó las dudas sobre todos los parámetros ejercidos e implantados hasta entonces. También, lógicamente, sucedió en España. Es allí cuando el estado, el gran agraviado por ese modelo, tuvo que acudir al rescate de los mercados financieros, de las empresas más variopintas y dicharacheras, y de los bancos más desmadrados del panorama nacional e internacional. Y todo, por supuesto, a costa del pobre y esforzado contribuyente.

A día de hoy, Mariano Rajoy, presidente del partido conservador, admite que aunque puedan haber ciertas dudas sobre la autenticidad y fiabilidad de ese su modelo económico, sigue siendo un “medio de evangelización político y no puede renunciar a él”. Por tanto, será de nuevo impreso a todo color, al igual que cada 4 años, en su programa electoral. Y agárrense el duodeno, porque más de 10 millones de personas -muchas de ellas de clase obrera- tienen la ciega y firme decisión, por increíble que parezca, de volver a votar al partido representante de este modelo. Sí, y también al mismo partido responsable de la ley que fomentaba el despido libre y gratuito hasta que el Tribunal constitucional la tumbó, al mismo partido de la pésima gestión del Prestige, al mismo partido de la bochornosa gestión del accidente del Yak 42, al mismo partido que torpedeó el proceso de paz con ETA cuando anteriormente negoció con el Movimiento de liberación nacional vasco, al mismo partido que aplaudió masivamente en el congreso para acudir a una guerra brutal en Irak, al mismo partido que intentó el engañó más zafio en los días y meses posteriores al terrorífico atentado del 11M, y también al mismo partido que confunde las fosas comunes de este país con miserables ciénagas putrefactas prestas para olvidar. Pero eso, a sus votantes, parece que les da igual. Es lo que tiene la fe en ese modelo, que siempre te puede recalificar algún terreno que te permita jubilar. 

Sé que es en latín, pero “Homo sapiens” significa hombre sabio, hombre que piensa, hombre capaz de conocer. O debería. Lo que seguro no significa es hombre que pace, ni ganado. O eso creo.

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Viva la vida

Posted by Arnau en diciembre 22, 2009

Sé que estas imágenes pueden herir ciertas susceptibilidades, pero es lo que hay.

Tributo a un equipo de leyenda.

Homenaje a un grupo humano inolvidable.

Y la constatación de que el deporte, sin más aditamentos, a veces puede devenir arte.

Con todos ustedes: el Barça 2009 de Guardiola. Puro espectáculo, pura emoción.

 

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Por ellos

Posted by Arnau en noviembre 9, 2009

Me encuentro angosto en un pasillo estrecho, oscuro y húmedo, y reconozco que el fantasma de la muerte, esa brisa helada que se desliza imparable por debajo de la puerta cual cuchilla de acero, husmea y me espera. Mi cuerpo, además, recién sometido a fuertes golpes en riñones y testículos y a punzantes arpones en la espalda, tiembla como hojarasca seca derrotado por los gritos salvajes que allí fuera parecen atronar sedientos de una bruta impiedad y crueldad. Sé, por los que han vuelto derrotados y humillados, lo que me espera. Y no lo entiendo. ¿Por qué tanta barbarie? ¿Por qué tan poca humanidad? No, no voy a pedir perdón por ser como soy, y antes de que puyas y banderillas me desgarren tejidos internos, largas espadas me destrocen pulmones, hígado y corazón, y puñales penetrantes me seccionen músculos y médula espinal, voy a desplegar mis alas para luchar, aun y cegado por el sol abrasante, por salvaguardar mi vida. Y voy a luchar, aun y cegado por la brisa helada, por salvaguardar también mi muerte.

Que se abra por fin la maldita puerta; que se abra por fin para sobrevolar la eternidad.  

TORO

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Carta abierta a ¿Dios?

Posted by Arnau en junio 26, 2009

Te escribo entristecida y a punto de expirar, y ni aun así, mis últimas bocanadas de aire -ajenas éstas al acecho implacable de la fría hoja de la guadaña- me permiten olvidar el maldito recuerdo de esas escenas aterradoras de mis hermanos despedazados en un mercado pudiente de Basora o las de mis padres desmembrados cerca de una ciénaga de aguas fecales en las afueras de Bagdad. No he podido jamás olvidarlas, ya ves; ni durante mis últimas convulsiones que me llevarán irremediablemente a la muerte.

Descubrí tu majestuosidad en pleno declive y caída de mi existencia (como comprenderás mi vida sin ellos ya no tenía ningún sentido), y puede que a consecuencia de ello tu discurso resplandeciente me pareciera de inmediato la tierra prometida, tus oraciones mi sustento vital ante semejante abismo y tu presencia mi salvación reparadora ante tan lúgubres penurias.

Ante ello no dudé en atravesar extensos desiertos polvorientos, en cruzar valles insondables y en sobre volar vastos continentes e infinitos océanos. Ante ello no temí estar cegada por tu llama de esperanza; ante ello no me inquietó estar fascinada ante tan parda mirada.

Pero lastimosamente todo se truncó el día que llegué por fin a postrarme ante ti. Porque no lo dudes, “mi Señor”, todo se desvaneció en el momento en que estando yo posada en tu cálida y purpurea mano –sí, puede que tras unos segundos de embelesada pero irritable contemplación- se te ocurrió propinarme el traicionero, barriobajero, desleal, aplastante y canalla golpetazo mortal. Y peor que eso fueron tus posteriores burlas, tus desprecios y tus insultos. Y ahora, a un paso de ser barrida y empalada por el inocente asistente, decirte que lo abominable de mi vida no ha sido su brevedad, ni su crueldad ni su bestialidad, ni tan siquiera mi arduo, costoso y penoso viaje, ni por supuesto el escarnio ni el insufrible dolor; decirte que para mí lo más triste ha sido, sin duda, la desilusión.

Y sin embargo no te voy a desear ningún mal, ¿cómo si no una mosca te podría con gusto enviar a la mierda –como así lo hago- si pensara de verdad lo contrario?

Y no, no te me aflijas, ya nos veremos en el más allá; irremediablemente.

Permíteme, no obstante, que no te envíe recuerdos,

Rashida Hassan, (mosca común, de la familia díptera de toda la vida; vamos, una mosca cojonera)

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La paella de mi madre

Posted by Arnau en marzo 19, 2009

Aprovechando que ayer al mediodía estaba solo en casa –con mi hija en P3 y mi mujer trabajando- mi madre me invitó a comer una paella. No se trata ahora de hacer un tratado de las paellas de arroz de mi madre, pero decir solamente que sí, que también ella hace las mejores paellas del mundo. Cuando sucede esto mi estrategia siempre es la misma: llamo unos 20 minutos antes de llegar a su casa para que el fumet hirviendo haga que siempre, siempre, el arroz esté en su punto, tal como a mí me gusta, más al dente que pasado, más de pescado que de carne; más con la compañía de mi madre que sin ella. Llegué delante de su casa a la hora acordada. Estaba contento. Nada ni nadie había perturbado mi trayecto. Estacioné el coche, apagué el motor, y justo un instante antes de desconectar la radio, ocurrió.

 

Lo siento mamá, la paella de ayer no fue una de las mejores, tú lo sabes, pero… “de sobras sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera”.

 

La culpable no fue mi madre, ni yo mismo, ni tan siquiera el punto de cocción, fueron exactamente los siguientes 6 minutos y 38 segundos:

 

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Ellos tenían razón

Posted by Arnau en octubre 24, 2008

Ayer vi como policías de los Mossos d´Esquadra entraban violentamente en un patio de una escuela pública en Barcelona, arrestaban con una simple identificación acústica a decenas de niños castellanohablantes que estaban jugando al balón y, sin mediar palabra, los introducían en furgones blindados destino a la estación de Sants. Allí vi como los cargaban, junto a otros centenares de niños que ya se encontraban en su interior, en sucios vagones de ganado, faltos de agua y sin comida, mientras rápidamente el tren empezaba su inexorable marcha hacia su destino. Algunos niños, los más valientes -o los más inconscientes- se lanzaban desesperados desde unas pequeñas ventanas hacia el exterior rebotando y despedazándose contra los andenes. Los que sobrevivían eran alcanzados por ráfagas de metralleta por los Mossos, pintando con sus pequeños cuerpos una macabra alfombra roja paralela al tren.

 

 

Después de un par de horas de insufribles escenas vi como ese tren llegaba directamente a una especie de nave industrial, fantasmal y abandonada, que parecía estar situada cerca de la montaña de Montserrat, en el corazón de Cataluña; allí donde el alma nacional catalana late estúpidamente en su ciega pasión.

 

 

Ayer vi a los Mossos d´Esquadra obligar a los niños a bajar con su mirada perdida de los vagones del tren, desnudarlos, afeitarles la cabeza y marcarlos -al igual que en una res- un número de identificación en sus brazos. Ayer vi como supuraban sus llagas, como se abrían sus carnes, como centenares de niños ataviados con camisas y pantalones a rayas perdían su nombre y su dignidad. Ayer vi como su infancia bañada en lágrimas dejó, a partir de ese instante, de existir. Ayer descubrí hasta dónde es capaz de llegar el ser humano con su brutalidad.

 

 

El recinto hablaba por sí solo: de las ventanas de las naves salían Mossos para contemplar el espectáculo de los niños maniatados que en silencio eran trasladados en fila hacia unos pequeños y apestosos barracones. Me impresionó como algunos evitaban la mirada de sus carceleros esperando su compasión; me impresionó ver como algunos niños se lanzaban desesperados contra los alambres que vallaban el campo de exterminio, quedando atrapados como moscas en telas de arañas, electrocutados por los más de 5.000 voltios que los electrificaban. Inmóvil e impávido vi como algunos Mossos apostados en las torres del campo les disparaban -sin cesar y locos de poder- descargando su munición sobre ellos, reventando sus cuerpos ya sin vida, destrozándolos. Siendo ya sólo pequeñas figuras humeantes.

 

 

El resto, y ya dentro de los barracones, esperaban en silencio y sin saberlo su muerte. Al caer  la noche fueron llevados sin piedad, uno por uno, a las cámaras de gas. Allí les quitaron su último aliento de vida, su última bocanada de inocencia. Estallaron sus pulmones y dejaron de llorar; para siempre.

 

 

Sus despojos, sus cuerpos ya inertes, fueron sistemáticamente enviados a unos inmensos hornos crematorios, y a lo largo de toda la noche unas altas chimeneas espectrales se encargaron de vomitar gases y cenizas sembrando de sinrazón y muerte todos los pueblos y ciudades de Cataluña.

 

 

Ayer nadie en mi país sonrió, pero tampoco nadie alzó la voz. Ayer el hedor a gases y carne quemada impregnó hasta el último rincón habitable de mi tierra, pero nadie lo denunció; ayer nadie en Cataluña durmió sin dejar de ser cómplice con su silencio; ayer en mi país nadie dejó de ser más que un miserable asesino.

 

 

Como yo. Por omisión del valor. Por mi cobardía. 

 

 

A partir de ahora nunca más volveré a dudar de esos historiadores que hace tiempo ya lo advierten, de esos periodistas que ya hace tiempo lo aseguran, de esos investigadores implacables que incesantemente lo denuncian. Jamás les hemos hecho caso y nunca les hemos dado el más mínimo pábulo de credibilidad. Todos pensábamos que equiparar Cataluña a un régimen Nacional-socialista (CataNazi -como algunos la denominan-) y compararla a una tierra en donde se conculcan las libertades individuales y sociales era simplemente una malvada invención y una miserable desmesura; una vulgar locura de unos hijos de puta que odian y desprecian la cultura catalana; una execrable infamia de unos energúmenos que no entienden que defendamos, sin más, nuestra lengua y la pluralidad de este estado. En fin, por pensar que detrás de su revisionismo histórico manco de pluralidad y veracidad en sus razonamientos no existe más que un patético lucro económico a costa de recalcitrantes e ignorantes fascistas ávidos por rememorar su anhelado y antiguo régimen.

 

Irremediablemente no los valoramos. Sólo creíamos que era una vil excusa, una planeada exageración. Y resulta que tienen razón, que Cataluña no es más que un proyecto nacionalista de exterminio. Ahora sí, desolado y con mi corazón destrozado, acepto que nos comparen con regímenes totalitarios.

 

Ayer me sentía catalán. Hoy ya no.

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Vacaciones en Afganistán

Posted by Arnau en agosto 30, 2008

Después de pasar las vacaciones junto a mi familia en un pueblo de la Costa Brava, me disponía a escoger destino en esa aventura anual que ya desde lustros me ha hecho recorrer en solitario medio planeta. Finalmente no sé si mi elección turística fue por contrariar al ministerio de asuntos exteriores, o simplemente por mi estúpida insensatez de analizar la psicología del suicidio, pero el caso es que en mi billete de avión un nombre impreso me hacía palpitar a fogonazos cada vez que lo contemplaba escrito a 10.000 metros de altura: Afganistán.

 

Reconozco que siempre me han gustado las zonas áridas y los países ansiosos por reverdecer de su pasado, pero creo que únicamente en mi inconsciencia (esa madeja de ilusión y locura que tanto me costó desenredar en mi cerebro) se hallaba la verdadera razón del viaje: la de encontrar a Osama Bin Laden.

 

Un par de mudas, un sombrero “Fedora”, un buen par de botas de montañismo, un mapa del territorio, dinero en metálico y un diccionario pashton-castellano/castellano-pashton eran el único contenido de mi mochila comprada en “Coronel Tapiocca”. Sólo me faltaba el látigo.

  

Aterricé en Kabul a primera hora de la tarde y, a pesar de su altitud considerable, mi primera impresión fue un golpe de calor tan brutal que me paralizó el andar, me martilleó los testículos y me secó el gaznate. Mi frente chorreaba a litros, y mi espíritu de supervivencia se los bebió.

Pasado el trance llamé a un taxi. Su conductor -ataviado con un precioso gorro pakul-, empezó a conducir por una polvorienta carretera destino a uno de los mejores alojamientos de la capital. Mi postura acerca de la inmersión lingüística me hizo ofrecerle un poco de conversación en su idioma “tribal”. Grave error. Cuando se enteró de mi procedencia me obligó a salir automáticamente del vehículo no sin antes insultarme en un perfecto castellano: “Hijo de Ansar, cabrón fascista!”, me dijo poseído de una ira irracional.

Intenté replicarle con agallas mi postura acerca del sujeto, aclararle mi opinión contraria y de repulsa sobre ese personaje alcoholizado y repugnante. Sin éxito. Mi valentía no sobrepasó los tres segundos; exactamente el tiempo que tardó un cañón de Kalashnikov en introducirse por mi tráquea. No opuse resistencia. Bajé de inmediato y cagado, textualmente.

 

Caminé un par de horas por el margen de la carretera, tragando polvo seco e inhalando humo negro despedido por autobuses abarrotados, engullendo salivazos de gasolina, aceite y arena de viejas motocicletas que, conducidas por campesinos, regresaban a su hogar; a esa ciudad de cúpulas y minaretes perfilados por el incipiente manto de la noche afgana.

 

Entre callejuelas de adobe y ladrillo, con las piernas destrozadas y un cansancio de mil demonios llegué al “Hotel Internacional” de Kabul. Estaba realmente descompuesto, y, sin perder ni un segundo, me fui directamente a la recepción para pedir un masaje relajante, un baño en la piscina, una copa de champagne y finalmente una cena opípara. El recepcionista -un afable nativo-, no movió ni un puto músculo de su cara, ni un solo pelo de su abundante entrecejo, únicamente me miro como sólo se puede mirar a un extraterrestre bajando en paracaídas en mitad del desierto.  

Reaccioné y cambié inmediatamente de táctica. Le pedí un par de whiskys (del mercado negro) y me acomodé en un sofá para disponerme a leer los periódicos extranjeros que allí se encontraban. Entre sorbo y sorbo quedé perplejo de la gran cantidad de ejemplares que se podían escoger: The New York Times, el Corriere della Sera, Le Figaró, The Times, El País, El InMundo, Público, el Marca y un par de diarios locales afganos. Después de una rápida ojeada me sorprendió que todos eran de fechas pasadas menos uno: El InMundo. No le di al asunto más importancia que el suponerle a éste una mejor e inteligente distribución.

 

Al rato, -y mientras me soplaba con hielo el tercer “escocés” de la noche- una conversación en castellano detrás de mí me apartó abruptamente de la plácida lectura. Intenté girarme con sigilo para no importunar a la pareja de españoles que hablaban amigablemente. Mi sorpresa fue mayúscula, pues no dudé en reconocer a uno de ellos como a Luís del Gran Pepino, que vestido con ropas del país intercambiaba palabras, guiños y caricias con un jovencito orgánicamente deforme, facialmente feo, y poseedor de un extraño surco anular que rodeaba todo el perímetro de su pequeña cabeza. Del pasmo, el vaso de whisky resbaló de mis manos y se estrelló en mil pedazos en el suelo del salón (sabía del turismo sexual en Tailandia, pero nunca imaginé que en plena capital de Afganistán pillara a ese cabronazo con actitudes próximas a la pedofilia).

 

No tuve opción. El estallido de los cristales me obligó a cruzar nuestras miradas y ante esa incómoda situación tomé la iniciativa; no debía tolerar de ninguna manera que ese hijo de puta descubriese mi verdadera y peligrosa razón del viaje: encontrar a Bin Laden. Me levanté y me acerqué para saludarlos, y dirigiéndome concretamente al Gran Pepino fingí profesarle una gran devoción.

 

-Encantado de conocerle, Luis, soy un gran admirador suyo. No me pierdo nunca los incontestables artículos de su blog ni su programa de investigación sobre el 11M en Libertad Digital. Los españoles estaremos siempre en deuda con sus indagaciones. Permítame añadir que su señoría es un portento en perspicacia y apéndice nasal, y que muchos españoles de bien le reconoceremos para siempre como un prócer de nuestra patria- le acerté a decirle con cierta maldad y no sin ganas de vomitarle los tres whiskys en su cara.

 

El Gran Pepino tardó un tiempo en reponerse del desconcierto –estaba claro que lo pillé en una situación embarazosa-, aunque pronto se restableció con su acostumbrada templanza:

 

-Gracias por sus mesuradas palabras, caballero. Como podrá adivinar estoy de incognito en Kabul junto a un amigo, y si me cobija el secreto, le diré que estamos abriendo una nueva línea de investigación sobre las claras conexiones terroristas entre etarras e islamistas en esta ciudad –desembuchó sin inmutarse para proseguir con la inevitable y esperada pregunta –: Y usted, si no es indiscreción, ¿a qué se debe su estancia en Afganistán?

 

-Soy fotógrafo del “National Geographic”, y estoy haciendo un reportaje sobre los Budas del valle de Bamiyan dinamitados por los Talibanes en marzo del 2001 después de intensos bombardeos- le contesté después de recordar literalmente la wikipedia. Lo del fotógrafo se me ocurrió por el papel de Clint Eastwood en los “Puentes de Madison”; en el fondo soy un puto romántico.

 

Finalizada la breve conversación, Pepino y su acompañante se excusaron por las altas horas de la noche, me desearon buenos sueños y subieron por las escaleras camino de sus habitaciones.

Los buenos sueños fueron una quimera. Tuve la mala suerte de aposentarme pared con pared con ellos: follaron toda la noche como animales, y entre los jadeos de Luis y los aullidos de su acompañante, no me dejaron pegar ojo.

 

A la mañana siguiente, desvelado y aún resacoso, aproveché para bajar al salón temprano. Pedí un té, y mientras aguardaba el desayuno, el recepcionista amablemente me acercó el único periódico del día que a esas horas había llegado al hotel: el InMundo. Lo repasé hasta llegar a la editorial de su director, que para variar criticaba la sentencia del 11M y exculpaba a los islamistas procesados. Nada nuevo bajo el sol. Aunque fue justo en esos momentos cuando me di cuenta que tenía los dedos pringados de tinta hasta las terceras falanges.

 

Reflexioné en voz baja: “¿Cómo era posible que a las siete de la mañana y en pleno Afganistán tuviera en mis manos un periódico editado en España de ese mismo día, recién salido de la imprenta?”

 

En ese mismo momento de cavilación vi a Luis del Gran Pepino y su amorfo acompañante cruzar sin pausa el distribuidor del hotel en dirección al exterior. Me levanté y les seguí. Lamentablemente tendría que dejar para otro día la búsqueda de Osama, pues había algo que no encajaba en mi mente y mi infinita curiosidad me empujaba a descubrirlo.

 

Salí del hotel para ver como la pareja desaparecía veloz conduciendo una furgoneta “Pick-up” cargada de grandes tinajas y, sin pensármelo dos veces, me introduje como un acróbata en el interior de una de ellas. Estaba llena de heces fermentadas. El pestilente y putrefacto trayecto entre boñigas de cabra duró apenas una hora. A mí me pareció una eternidad.

 

Viajamos por abruptos desfiladeros hasta que la furgoneta se detuvo delante de unas laderas escarpadas cubiertas por una espesa vegetación. Un par de bocinazos y el forraje verde se separó, y el pick-up reanudó su marcha para entrar en su interior y llegar finalmente en una gran sala excavada en la tierra. El clarividente periodista aparcó el vehículo en un recoveco, se apeó de la cabina del conductor, pilló de la mano a su deforme compañero y se largaron por una puerta anexa hacia otra dependencia. Fue justo cuando pude sobresalir por la tinaja de excrementos para ver lo que mis ojos nunca hubieran imaginado contemplar: centenares de pequeños seres amorfos hacinados como en una granja de pollos yacían empalados por el culo, con sus cabezas estrujadas por argollas de hierro, y alimentándose a base de pútridas heces que se deslizaban disueltas en orina por embudos insertados en sus bocas. Era un cuadro sobrecogedor. El hedor era insufrible, los aullidos pavorosos y el calor asfixiante, y en lo alto del techo, contemplándolo todo, un cartel escrito en lengua castellana: “Granja de Peones negros”. Me derrumbé; y hubiera empezado a llorar si no supiera que de mayores estas criaturas se convierten en unos verdaderos energúmenos integrales.

 

Me preguntaba quién era el responsable de esa miseria humana, quién podía tener la falta de escrúpulos para crear semejante espectáculo abominable, quién, en su sano juicio, podía concebir esa monstruosidad sin despeñarse en su moralidad.

 

Renegando de mi condición humana me dirigí, sin ser visto, hacia la puerta que anteriormente Luis del Gran Pepino y su amante –ahora entiendo los aullidos del hotel- utilizaron para escampar de la granja. Con sumo sigilo la entreabrí, y miré:

 

Era una sala enorme en la que trabajan decenas de Peones negros adultos que, transpirando como bestias esclavizadas, manipulaban grandes planchas offset, colocaban gigantescos rollos de papel en bobinas y cargaban toneladas de tinta aceitosa para el color. Era evidentemente una rotativa industrial; era, increíblemente, dónde se estaba imprimiendo a todo trapo el periódico InMundo.

La estupefacción no me impidió divisar rápidamente al Gran Pepino que se deslizaba entre las máquinas controlando la producción, exigiendo groseramente máxima calidad, y casi sometiendo a trabajos forzados a los desequilibrados operarios. Lo que vislumbré luego no me lo podía creer, incluso me pellizqué profundamente para asegurarme que no era un sueño, para no negarle a mi cerebro que estaba viendo la verdadera aclaración de los extraños sucesos de mi viaje en Afganistán, la resolución del enigma de la piedra filosofal: de pie, sudando como un cerdo y en lo alto de una tarima, se encontraba un hombre de espaldas, casi desnudo, ataviado simplemente con unos tirantes, un liguero, un corsé y unas bragas rojas meadas que, látigo en mano y bailando al compás de “In the Navy de Village People”, arengaba enloquecido todo el proceso de impresión de lo que él creía su magistral obra en movimientos y su genial sinfonía; en fin, lo que en realidad no era más que la edición de su nauseabundo, miserable, embaucador y fanático periódico. Y a su lado y a la altura de sus tobillos se encontraban varios ropajes y complementos que aguardaban listos para ser utilizados: un turbante, una larga y espesa barba gris postiza, un bastón de madera, ropas típicas afganas y un Kalashnikov cargado hasta en sus entrañas.

 

No esperé a reconocer su cara. Di media vuelta, cogí la furgoneta y me marché a todo gas de ese infierno subterráneo; sin parar, sin pensar, sin gritar; hasta llegar al aeropuerto de kabul.

 

De regreso a Barcelona y volando a 10.000 metros de altura mi cerebro empezaba a desenmarañar todos esos últimos cuatro años de pesadilla periodística, a desmenuzar todas esas portadas de islamistas visitando a familiares, a entender todos los esfuerzos ímprobos de ese periódico por salvaguardar a los asesinos, a sus confidentes, en definitiva, a explicarme el por qué de los arduos intentos de ese director y todos sus colaboradores para sembrar de variopintas y ridículas dudas toda la instrucción y posterior juicio de los atentados del 11 de marzo; ese juicio que culpabiliza a los verdaderos terroristas de matar a 192 personas en una agónica, imborrable e insoportable mañana de invierno en la ciudad de Madrid.

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