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Carta abierta a Biggie Vidal

Publicado por Arnau en Julio 4, 2008

No te había visto nunca, Biggie, por lo que después de escuchar por primera vez tus cataclismos en el programa radiofónico que diriges no tuve más remedio que imaginar tu apariencia. Te encontrabas sentado detrás de una mesa en el fondo de un estudio mugriento y relamiendo un vetusto micrófono con la mirada desorbitada, con el pelo casposo y sudoroso, licuando sebo, en paños menores y desparramando carnes grasientas hacia los cuatro puntos cardinales. La mesa era redonda, sucia, descascarillada como si de una piel mudada de serpiente se tratara, repleta de papel higiénico usado, esquelas viejas esparcidas por todas partes y libros húmedos y podridos de gladiadores. Detrás de ti, en la pared, un aplique a media luz cobriza con estampa de crucifijo contemplaba tu cara granulada y mantecosa reflejada en el cristal de la sala de sonido.

De vez en cuando, a indicaciones tuyas, iban entrando en ristra colaboradores de aspecto fantasmal que se deslizaban por debajo de la puerta de entrada. Eran seres monstruosos y repulsivos que se arrastraban magnetizados hacia tu halitosis deseosos de empezar a pringar de vomito las ondas hertzianas.

En los descansos para la publicidad, con la luz del piloto en verde, entraba el cocinero de la COPE con un carro repleto de grandes pedazos de carne cruda empapada aún en sangre caliente recién llegada del desolladero. La depositaba encima de la mesa donde era devoradora a dentelladas al igual que lo hace una manada de hienas cuando desgarran músculos y tendones en sus bacanales de vísceras, tierra y espantosas risas lujuriosas.

 

Reconozco que pude ser un poco exagerado en mis apreciaciones, aunque me di cuenta que no estaba nada equivocado al verte curiosamente a los pocos días por primera vez en un programa-tertulia que hacían por la televisión. Realmente me quedé acojonado. Tu discurso y tu imagen eran verdaderamente repugnantes. Evidentemente la realidad superó a la ficción; notoriamente rebosó a mi imaginación.

 

No sé si fue el estado de shock al verte pero ese mismo día por la noche mi mano volvió a sintonizar tu dial. Mi transición psicopática era tal que ya no sé si escuchaba al monstruo imaginario o al personaje agorero de la radio y la televisión. Fue justo cuando empezaste, animoso, otra vez a diseccionar la realidad con todo tipo de predicciones espectrales. Según tú la economía se desplomaba hasta los avernos. Los bancos eran asaltados por socialistas armados en busca de pensiones ajenas. Tus libros, junto a los de Cervantes, eran apilados en una pira para ser quemados bajo ritual masón. El museo del Prado era atacado por soldados de la antigua Corona de Aragón mientras los visitantes que no fallecían eran rematados a balazos por franco tiradores euskaldunos apostados en los edificios colindantes. Los alumnos españoles de los colegios eran torturados y vejados por profesores de la Educación para la ciudadanía, esos docentes expertos en romper pelvis a los niños que escogen Religión como asignatura complementaria. Las Cortes Españolas eran arrasadas por esos descendientes de los bárbaros Suevos que actualmente se agrupan en el Bloque Nacionalista Galego, utilizando para ello lanzas y ballestas e incluso hachas enmohecidas para degollar y decapitar luego en el interior a los parlamentarios del Partido Popular por la única razón de preguntarse en voz alta -¿Qué coño pasa? ¡Que vuelva el rey Recaredo! -en idioma castellano. Y finalmente los edificios de la COPE eran estratégicamente cercados con alambradas eléctricas para ser inmediatamente sitiados por soldados y excombatientes comunistas, anarquistas y republicanos nonagenarios, para ser desprovistos indefinidamente de Coca-Colas, hamburguesas, pasteles de manzana y por supuesto crema de cacahuete.

 

Después de tamaña catarsis, hijo de la grandísima puta, comprenderás que ya no me encontraba en mi cuerpo, que mis manos atacadas por los nervios hicieron que me despellejara la piel a juliana e incluso que un inoportuno sollozo de mi hija mientras dormía estuviera a punto de hacerme saltar directamente por la ventana de un tercer piso.

Fue en el mismo instante que un simple frenazo de automóvil en el exterior me nubló la conciencia y me hizo dar cuenta que podías estar en lo cierto, que todo lo que eructabas tenía posibilidad de convertirse en verdad y que al igual que me pasó a mí al verte, tus deseos de realidad también podían superar a la ficción, por lo que realmente ese frenazo no era seguramente el hijo del vecino del 2º 3 que se cree Fernando Alonso sino que muy probablemente eran los tanques de los Nacionales comandados por Alejo Vidal- Quadras entrando por la Diagonal.

 

Cogí mi tirachinas y con un nudo en la garganta salí de mi piso pensando en lo peor. Bajé como un poseso las escaleras saltando los peldaños de tres en tres y esperando encontrar la calle presa del caos, guerra, edificios derrumbados y la gente fusilándose aprovechando viejas reyertas vecinales, todo ello en medio de ensordecedoras explosiones de misiles, granadas, canciones de Estopa saliendo del 1º 2 y con mi visión ya casi cegada por el alquitrán abrasado en llamas. Con mi corazón a punto de estallar llegué al rellano dónde logré apenas divisar entre las brumas de la noche a un ser desdibujado con una enorme cabeza dirigiéndose directamente hacia mí. Me quede paralizado hasta que distinguí a…… Pedrito, sí, el hijo del vecino del 2º 3, el gilipollas causante del frenazo que llevaba aún puesto el casco integral que utiliza siempre para conducir el coche.

-Buena noches, Arnau -me dijo levantándose la visera.-Te veo un poco perjudicado -añadió, descojonándose de mi atuendo entrando ya en el edificio.

-Voy a tirar la basura -le respondí ruborizado, vestido con el albornoz y aún con el tirachinas en la mano.

 A los pocos minutos volví a subir a mi piso, esta vez por el ascensor, cerré la puerta detrás de mí y avergonzado y en silencio me dirigí hacia la habitación de mi hija. Era la niña más bonita del mundo y en su placidez me prometí que cuando ella fuese mayor y algún día me preguntase -Papá, ¿qué es una hipérbole?, le respondería sin ningún tipo de dudas -¿Hipérbole cariño?, hipérbole es Biggie, el Caesar, ese mamón seboso y asqueroso, monstruoso e hilarante que sale por la radio cada noche hablando de los putos romanos.

 

Muy atentamente,

Arnau

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Carta abierta a José Mª Aznar (ese “intelectual” de las Azores)

Publicado por Arnau en Julio 3, 2008

Antes de saber de tu existencia política, e incluso humana, o en la especie de vertebrados que estés catalogado, la persona que te escribe era uno de esos miserables catalanes poseedores de una conciencia histórica y cultural tribal. Sí, de esos que tienen una visión de la realidad de lo que tiene que ser este puto estado que difiere 180º de la que tú quieres imponer. No te voy a marear con coñazos históricos, simplemente recordarte, Jose Mari, que has de tener la cabeza muy desencuadernada para que a la par seas capaz de retrotraerte al siglo VIII para reivindicar para ti el perdón de los moros -como si ya en esos albores te creyeras sangre real de una imaginario país- y a la vez incapaz de reconocer esa “España” antes del siglo XVIII, esa que existía y tú quieres ignorar, esa que luego y por razones dinásticas cambió a fuego y espada, a cañonazos y decretos de nueva planta, anulando lo que hasta entonces era, con todos sus defectos, una convivencia entre naciones y culturas más o menos civilizada.

 

Espero que en un futuro tu ridícula soberbia, esa que es visiblemente acomplejada, sólo nos sea un vago recuerdo de esa España intransigente que en ti reconocemos: Esa España que tanto se parece a la de Felipe V, a la de Franco, a esa con hedor rancio que rezuma naftalina, a polilla, a excremento; a esa que se viste con sotana de paño, capa, fajín de seda y se cobija bajo palio; a esa que le gusta llamarse doña; a esa España imperial e imperativa; a esa que odia lo que ve ajeno, lo que desconoce, lo que ignora; a esa que desprecia el diálogo; esa que canta a Pemán; esa que mató a Lorca y Machado.  

 

Te recordaremos siempre, Jose Mari, por tus frases históricas, esas citas sólo comparables a las que grandes hombres de la humanidad, como Gandhi, Einsten, como Martin Luther King…., nos han dejado para la posteridad.

Todos retendremos en la memoria tu “Cero patatero”, o el “España va bien”, o aquella ridícula frase para enmarcar de “Hemos venido a trabajar un poco, ayer por la noche y hoy por la mañana” que aderezaste incluso con aquel acento tejano que a Bush tanto le gustó. ¡¡Que hijo de la gran chingada que fuíste, so cabrón!!

O aquella que con tu risa carroñera llamabas “pancartero”, o “gran lio”, a todo ser viviente que se manifestaba por las calles y que finalmente los despreciabas hasta el insulto.

 

Por último, Jose Mari, decirte que no te esfuerces, que no lo intentes, que por mucho que te empeñes, so mamón, por mucho maquillaje que te eches, por mucho alcohol que engulles para olvidar, llevarás siempre marcado, como en una res a hierro candente, el anagrama de la mentira y el símbolo de la manipulación. Sí, las hemerotecas te delatarán eternamente con tus prehomínidos artículos en La Nueva Rioja, y además, créeme porque te digo la verdad, tus entrevistas con Buruaga estarán grabadas perpetuamente en el disco duro de la infamia.

 

Recuerdos a la botella, a esa “mujer mujer”, a ella y no a otra,

 

Atentamente,

Arnau

 

 

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