Estimada Churri,
Es cierto que la naturaleza humana, a menudo arbitraria y caprichosa, no te ha dotado de especial belleza para la cual suspirar ni de particular oratoria con la que poder comunicar. Lastimosamente tampoco has sido tocada por la varita mágica de la tolerancia con la que poder opinar, ni manoseada con la del intelecto con la que rumiar, ni mucho menos untada con la de la sabiduría con la que poder analizar y enjuiciar. No, jamás has poseído atisbo ni razón de todo ello. Ni de lejos ni de cerca. Reconozcamos, pues, querida, que nunca antes la evolución de las especies había consumado esperpento tan mal parido, tan maltratado, tan peliagudo y tan escaso de virtud como tú. Y sin embargo, puede que afligido por semejante y concentrado castigo, te admiro. Profundamente. Sé que el halago debilita, pero no puedo ni quiero pasar por alto tu inmenso tesón a la hora de intentar revertir tan impunes y desgraciadas coincidencias. Y es ahí, justamente ahí, donde me resultas más admirable.
Dime tú si no, que alguien con toda la madre naturaleza en su contra, se pueda erigir en prócer de millones de retrasados mentales cuando indica sin pestañear que el comandante en jefe Barack Obama, la familia de Chaves y los sindicatos -siempre los putos sindicatos- han sido los principales causantes, entre otros ejemplares, del desplome económico y financiero universal.
Alucina tú si no, que alguien con todas las conjunciones planetarias en su contra, se pueda aupar en caudillo de millones de gaznápiros cuando asegura que es por culpa del desorden moral que ha infligido Zapatero a la nación el que Manolo Escobar ya no cante la patriótica “¡Que viva España!” ni fumado en los Karaoke por si lo revientan a pedradas.
Valora tú si no, que alguien tan mermado de fluorescencia, se pueda elevar en cabecilla de millones de necios cuando presenta y dirige, sin ningún rubor, un programa de tertulia política, o de lo que sea, sin saber ni tan siquiera lo que es un maldito regidor o un puto cambio de cámara. Ni un pasar a publicidad correctamente. Ni un pie de foto.
Juzga tú si no, que alguien tan injustamente tratado por los dioses, se pueda encaramar en adalid de millones de lelos cuando látigo en mano fustiga sin cesar a herejes, árabes, masones, mujeres, negros, mariconas, putas, catalanes, inmigrantes y demás tribus periféricas sin morir en el intento.
Estima tú si no, que alguien tan poco bendecido por el horóscopo, se pueda erguir en paladín de millones de cretinos cuando considera un agravio para Mariano Rajoy el que no sea honorado en la Moncloa con la exhibición de la bandera del Partido Popular como sí se hace, por poner un ejemplo, con el presidente separatista de la región de Euskadi y su amada ikurriña.
Y considera tú si no, que alguien con la masa encefálica tan deteriorada, se pueda elevar cual faro protector de millones de gilipollas cuando se atreve a señalar quiénes son “Los culpables de la crisis” o quiénes “Los 100 personajes que hunden España” en la publicación de no uno, ni dos, sino hasta tres libros con la misma facilidad de quien fríe churros en una churrería.
Magistral. Nunca antes un conjunto de células tan singulares había sobrevivido en las profundidades de tamaña ciénaga; nunca antes tan tosco antropoideo había sorteado trampas genéticas tan jodidas y aleatorias; y no, nunca antes una podredumbre así había podido ser proclamada casi como un referente por esa gran camada de millones de retrasados mentales, gaznápiros, necios, lelos, cretinos y gilipollas que viven misteriosamente por recovecos, calles y habitáculos de nuestro país.
En fin, querida, voy a ir concluyendo esta carta de halago. Pero antes, y aunque no sea muy dado a ello, te voy a dar una pequeña sugerencia: aguanta y persiste impertérrita, porque por misérrimas risotadas que se desaten hacia tu persona, será inmortal y glorioso el no desistimiento de tus convicciones por y para España. Y que te sirva de consuelo, si eso te aplaca, que otros genios universales tales como Marianico el Corto, Barragán e incluso el inolvidable y poco bienaventurado Torrebruno, también fueron perseguidos y calumniados en su día por hordas de insensatos propensos siempre al cachondeo y al regocijo fácil.
Muy atentamente,
Arnau