Me presento: soy un ejemplar de lince ibérico, de los “Linx pardinus” de toda la vida -sí, esos felinos gráciles en peligro crítico de extinción que adornamos con una bola negra nuestra cola erguida cuando nos excitamos y que nos alimentamos con pequeños conejos cazándolos en solitario- y soy el representante legal de todos ellos. Y decirles a sus eminencias que nunca antes han visto un puto gato en sus santas vidas. No, no tenemos nada contra los linces euroasiáticos, los “Linx linx” de toda la vida, pero no vamos a tolerar esta tamaña confusión con otra especie menos amenazada, que si bien es cierto que llegan a cazar grandes ungulados –corzos, camellos, cabras salvajes y hasta renos- lo hacen sólo con sus indefensas crías y bochornosamente a manadas. Por todo ello, y mal que nos pese -que no-, no tenemos más remedio que empapelarles con un pleito por su lamentable equivoco en su demagógica campaña publicitaria de los nonatos, gametos y óvulos varios.
Pero no, no va a ser ésta –que también- mi verdadera intención de la misiva. El propósito no es más –ni menos- que resaltarles nuestras dudas sobre varios asuntos relacionados con sus actuaciones. Esperamos, por tanto, ser dignos de que éstas sean aclaradas por sus superiores prelados. Son las siguientes:
Es su iglesia, esa que representan ustedes tan fervorosamente y que hoy salvaguarda tan aplicadamente la vida nonata, la misma que en los tiempos de la inquisición mataba a miles de mujeres simplemente por parecer brujas, por ser madres solteras, por contraer segundas nupcias, por ser adulteras, por ser prostitutas, por comer carne los viernes e incluso por cambiarse de ropa los sábados. Es la misma que además asesinaba a los judíos por la no conversión, a los homosexuales por la no procreación y a los musulmanes por su condición.
Es su iglesia, esa que representan ustedes de manera tan púdica y que hoy salvaguarda tan fogosamente la vida nonata, la misma que amparó la exterminación allende los mares de los nativos -junto con sus culturas y sus religiones- además de saquear sus riquezas y sus tierras en nombre de monarcas superiores y de Dioses verdaderos, auténticos y misericordiosos.
Es su iglesia, esa que representan ustedes con tanto recogimiento y que hoy salvaguarda tan vigorosamente la vida nonata, la misma que durante el nazismo se transparentó impasible y vergonzosamente –con Pio XII como cabeza visible, más bien invisible- ante el genocidio sistemático y apabullante del pueblo judío.
Es su iglesia, esa que representan ustedes tan piadosamente y que hoy salvaguarda con tanto ardor la vida nonata, la misma que cobijaba a dictadores asesinos paseándolos bajo palio, erigiéndose así en cómplice de sus asesinatos políticos, de su erradicación de culturas y lenguas, y ser partícipe por tanto de la falta de libertades esenciales -personales y sociales- que se padecieron cruelmente durante casi 40 años en España.
Es su iglesia, esa que representan ustedes tan benignamente y que hoy salvaguarda con tanto misticismo la vida nonata, la misma que fue secuaz del golpe de estado en Argentina, y que encubrió atrozmente torturas, secuestros y horrendos crímenes terroristas auspiciados desde el poder.
Y por último, es su iglesia, esa que representan ustedes tan compasivamente y que hoy salvaguarda con tanto ímpetu la vida nonata, la misma que con sus fundamentos éticos predispone en África la propagación salvaje del SIDA y otras terribles enfermedades por su absurda negativa a la modernidad y a la civilización, en definitiva, a dar por fin vía libre a la utilización de esa puta goma elástica que los humanos denominan profilácticos, preservativos, fundas, o qué coño, los putos condones de los cojones.
Ya ven, obispos, ¿de qué vida hablamos? ¿De la suya, la humana? ¿De la nuestra, la bestial? ¿Del agravio, del honor…? Decirles que nosotros únicamente quedamos escasamente 150 ejemplares en un pequeño territorio de su península, territorio que no es más que nuestro insignificante y exiguo hábitat. Y sí, puede que seamos simplemente unos vulgares mininos, pero eso no es óbice para no poder rogarles que no se inmiscuyan en nuestras vidas. Ni en nuestra muerte. Y les reclamamos, les exigimos, que no ultrajen a nuestras crías y que no las utilicen en su beneficio propio. Que ni las toquen, que ni las mientan. Que ni las dibujen.
Dice su campaña que la vida es un “don” que no nos pertenece. Pero no es cierto, la historia aclara que no pertenece a nadie excepto a ustedes. Sus congéneres sabrán cómo actuar, o no, allá ellos con aguantar más su estupidez. A nosotros en cambio ni tocarnos, mordemos.
Muy atentamente,
Miauu