Arnau

Almacén de relatos olvidables

Archivo de Enero 2009

Relato inolvidable (1)

Publicado por Arnau en Enero 31, 2009

 

Lucha de gigantes convierte
El aire en gas natural
Un duelo salvaje advierte
Lo cerca que ando de entrar
En un mundo descomunal
Siento mi fragilidad
Vaya pesadilla corriendo
Con una bestia detrás
Dime que es mentira todo
Un sueño tonto y no mas
Me da miedo la enormidad
Donde nadie oye mi voz
Deja de engañar
No quiero ocultar
Que has pasado sin tropezar
Monstruo de papel
No se contra quien voy
O es que acaso hay alguien mas aquí
Creo en los fantasmas terribles
De algún extraño lugar
Y en mis tonterías para
Hacer tu risa estallar
No quiero ocultar
Que has pasado sin tropezar
Monstruo de papel
No se contra quien voy
O es que acaso hay alguien mas aquí
Deja que pasemos sin miedo.

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Carta de aviso a la Botella (todo parecido con la realidad es pura coincidencia. O no)

Publicado por Arnau en Enero 29, 2009

Voy a ir al grano y sin circunloquios: su marido es el diablo en persona, un autentico monstruo pecador. No es por su aspecto físico, faltaría más -todos podemos tener las flechas de Cupido clavadas en el culo o tener los cánones de belleza más desviados que Carlos de Inglaterra-, sino por sus cada vez más falsas andanzas cristianas de hidalgo castellano. Le aseguro que mi advertencia es totalmente desinteresada y no sería afán mío entrometerme en la vida íntima y privada de nadie sino supiera de su fervorosa religiosidad tantas veces manifestada. Simplemente, bella mujer, sólo quiero poner en su tapete existencial la posible contradicción de vivir su devoción con Cristo a la vez que gozarla acompañada del demonio.

A continuación, e intentando ajustarme minuciosamente a los hechos, voy a ir desgranando la lista de los 7 pecados capitales en los que incurre constantemente su esposo -con ejemplos todos ellos- para demostrar fehacientemente la pésima catadura moral del susodicho, a la par de prevenirle intelectualmente de semejante patán, ya que estoy convencido que usted, repito, devota convencida, tiene que haber estado durante demasiado tiempo en la inopia de Valencia o en todo caso haber hibernado durante los últimos 30 años en Groenlandia para seguir conviviendo junto a este esperpento sin ser cómplice de sus perversidades, extremo éste que me niego a suponer. Intentaré con todas mis fuerzas acercar los sucesos a su conocimiento, y que de una vez por todas aparque su absurda fe hacia él.

Empezaremos lógicamente por el primero. Me gustaría que no se me sofocara cuando le diga que su marido es poseído a menudo por Asmodeo, el horripilante demonio que simboliza la lujuria y el deseo carnal. Cuando esto ocurre su José Mari se cepilla a todo Cristo que se ponga por delante, a todo ser viviente que se menee, siendo capaz de follarse sin consentimiento a variopintas actrices españolas o de fornicar a mansalva diseminando hijos bastardos por toda la Galia. Le da absolutamente igual, se la trae al pairo. Su apetito sexual es tan voraz que un liberal como él no repara ni en envainársela.

Sé que de momento estas palabras no son camino de buen pasar, pero no podemos estancarnos ahora. Esto es ya una travesía sin retorno y está repleta de curvas. Por ello, lentos pero sin pausa, tiene usted que saber que su marido también es poseído a menudo por Belcebú, el feo demonio que simboliza el pecado de la gula. Cuando esto sucede el padre de sus hijos es capaz de beberse todo lo que pilla a 20 metros a la redonda, ya sea el contenido de una botella de Protos o el gel de un frasco de Pato WC, ya sea el contenido de una escupidera de una cata de vinos o un detergente líquido para lavadoras. Le importa una higa. Una uva. Tres pimientos. Lo que pretende básicamente es licuar sus penas y conducir a toda mierda por la Castellana con una mamada de tres pares de cojones cantando a Pemán con acento tejano.

Entiendo también que estas últimas palabras tampoco hayan sido un plato de buen digerir, pero su pasmo ya no le puede ni le debe impedir recular. Decirle igualmente, que su pareja matrimonial es poseída a menudo por Mammon, que aunque el palabro suene a improperio, simplemente es el nombre del demonio que simboliza a la avaricia. Como usted sabrá la iglesia aplica este pecado sólo a la adquisición o fomento de riquezas para lucro personal, pues asómbrese que para llevar la contraria a la doctrina de la iglesia su esposo se ha permitido la desfachatez -siendo un lelo- de cobrar cantidades ingentes de dinero como consejero de administración del News Corporation sin saber ni tan siquiera si ese grupo de comunicación cotizaba en bolsa o en una casa de apuestas. Y se ha permitido también –siendo un mentecato- la licencia de escribir libros de tres en tres para, entre otros asuntos banales, loar hasta la extenuación al peor presidente de Estados Unidos y otrora amigo personal suyo George W. Bush, del que entre otras perlas le atribuye la capacidad de ser uno de esos líderes que han tenido la valentía de imponer un nuevo rumbo a la realidad terrenal. Con dos cojones. Supongo que visto lo visto se refería a un rumbo de mediocridad y de mezquindad. Como el suyo.

Puedo creer sinceramente que con los tres primeros pecados relatados usted ya se ha podido hacer a la idea de que su marido es un autentico y completo hijo de puta del copón, pero déjeme que ya puestos en disquisiciones pecadoras prosiga con el cuarto, la pereza, simbolizado por Belphegor, un ambiguo demonio que no se sabe muy bien si es hombre o mujer, macho o hembra, algo así como una especie de bestia hermafrodita. Aun cuando este pecado es el más metafísico de todos, Aznar, con su vagancia, lo hace más terrenal que de costumbre, siendo capaz de calcar literalmente y letra por letra dos discursos de agradecimiento “honoris causa” únicamente cambiando el nombre de las universidades; así, como para no destrozarse más neuronas de la cabeza. También, y a causa de su holgazanería cerebral, es capaz de llevar la ruina ecológica a las costas gallegas por su puta incapacidad de gestionar correctamente el remolcado de un barco petrolero averiado, teniendo la osadía de llevarlo de norte a sur, de este a oeste, de su santa madre a su santo padre, y provocando con su desdén una marea negra de tres pares de narices desde el norte de Portugal hasta las Landas de Francia. ¿Cuándo pedirá perdón?     

El fanatismo en las propias creencias y el deseo de venganza hacia otras razas y religiones explicita perfectamente el por qué Satanás, el demonio que representa a la ira, penetra incesantemente en el cuerpo de su esposo: se encuentra como en su puta casa. Lamento comunicarle que a causa de la imposibilidad de practicar el exorcismo a su marido -no se deja, el muy cabrón- éste ha sido libre de representar perfectamente el caballero de la triste figura sin ir más lejos en la foto de las Azores, siendo cómplice de miles de asesinatos de inocentes sólo por la búsqueda bellaca del poder, únicamente por miserables prebendas, básicamente por no importarle un rábano el genocidio sistemático a otras razas y a otras creencias. En definitiva, por no ser más que un puto fascista iluminado que incluso ha exigido venganza contra los musulmanes de Al- Ándalus por no haber pedido sus descendientes aún el perdón de haber existido. De haber vivido.

Iremos terminando. Ya sólo faltan dos. Le recomiendo que aguante solamente un poco más si aún sigue leyendo esta vasta diatriba. Con apariencia de gran bestia marina el demonio Leviatán simboliza el pecado de la envidia, y cuando su marido es transgredido por el monstruo es cuando sus evidentes complejos físicos saltan a la luz. Es allí cuando José Mari -para paliarlos- se vuelve asiduo a las famosas salas de los espejos, donde su diminuta estatura parece agrandarse y donde su cerebro –es un decir- aparenta desmesurarse. Y esto siempre le ha hecho sentirse bienaventurado. Es precisamente en ese trance cuando el muy necio se cree más rápido que el recordman mundial de 10.000 metros lisos, (Kenenisa Bekele: 26´,17´´) –el muy mermado dice que él lo hace en 5 minutos y 10 segundos- o cuando  el espejo refleja su patético parecido con su admirado Führer, dejándose caer para ello incluso el puto flequillo engominado además de afeitarse su ridículo bigote como lo hacía aquel. Como puede ver, todo un ser despreciable.

Finalmente nos encontramos que su esposo también es poseído a menudo por Lucifer, sin duda el más bello de los demonios, que simboliza majestuosamente el pecado de la soberbia. Es tanta la bajeza moral de su amado que es precisamente con este pecado con el que se encuentra más a gusto, no dudando ni un segundo en poner sus sucias pezuñas encima de la mesa en una reunión de jefes de estado o en introducir perturbada y chaladamente un bolígrafo prestado en el escote de una periodista. Todo un caballero. Aunque su infinita soberbia nunca fue tan mayúscula como aquel día –supongo que con su complicidad, todo hay que decirlo- en que casó a su guapa hija Ana de punta en blanco en el Monasterio del Escorial, villa y corte del rey Felipe II. Realmente impresionante la falta de pudor, decoro y modestia de semejante personaje.

Ya ve, por fin hemos llegado al final de mi altruista cometido. Es verdad que he repasado a conciencia a su marido, es cierto que lo he abierto en canal, colgado del revés, enseñado sus miserias y revelado sus vilezas. Pero no, no pretendo que me lo agradezca, sólo le aconsejo que si a causa de estas palabras su esposo se ha caído del limbo en el que residía su querer, no aguarde que el resto de la sociedad sea el que siga destripando políticamente a tamaño energúmeno. Hay asuntos -como la ropa sucia- que es siempre mejor lavarlos en casa.

Muy atentamente,

Arnau  

 

 

 

 

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Carta abierta a un futuro etarra

Publicado por Arnau en Enero 17, 2009

Sí, tú aún formas parte de nosotros, estos complejos seres que en nuestra diversidad crecemos, nos desarrollamos y finalmente intentamos cohabitar en un entorno más o menos civilizado. Animales que por aclamación racional nos llamamos “seres humanos”. De lo que estoy plenamente convencido es que Ernest, Miguel Ángel, Francisco, Ignacio y todos los demás asesinados sí formaban parte de esta especie. Ahora ya no están, están muertos, los mataron. A otros como ellos los matarás tú, a ellos y a la diversidad que representan; justamente esa diversidad que tú algún día y en un contrasentido inmenso proclamarás defender.

 

Me pregunto cuándo te tragarás la razón y te convertirás en un vulgar asesino, en un loco salvador de la patria, en un patético juez del destino de la vida ajena. En que senda del bosque te asaltarán los charlatanes y predicadores para inocularte su mezquindad. Cuándo afilarás, hipnótico, por fin la fría hoja de la guadaña y empezarás a matar seres humanos. Me pregunto cuándo dejarás de formar parte de estos. 

 

Permíteme que en esas imposibles respuestas recuerde, por unos momentos y no sin cierta nostalgia, mi efervescente adolescencia, esa especie de transición Freudiana en la que intentaba desenredar mis angustias más vitales. Recuerdo que en esa época andaba trastabillado entre dos mundos que creía, equivocadamente, difíciles de converger: el primero consistía en esas inolvidables reuniones clandestinas en las que sesudos libros de historia me sumergían en la épica de la Corona de Aragón; el segundo, en las cervezas “Estrella” que me sumergían en la épica de la fiebre del sábado por la noche. El primero consistía en dar rienda suelta a mi activismo ideológico escuchando la música reivindicativa de mis cantautores catalanes preferidos; el segundo, en el descubrimiento de la música anglosajona de esos magníficos vinilos que giraban incesantemente, deslumbrándome, en mi reproductor. El primero consistía en la posibilidad de reencarnarme en un guerrero medieval para poder devolver de una tacada todas las ofensas a mis héroes patrios, ajusticiando así a los castellanos por su participación en la guerra “dels segadors”, a las tropas borbónicas por su despiadado sitio en Barcelona y también al hijo de puta de Franco por amordazar las libertades sociales, la cultura y la lengua catalana durante gran parte del siglo XX; el segundo, en seguir soñando con ella, en sus labios, en esa noche compartida y en nuestro inolvidable primer beso robado.

 

Creo que no hace falta decirte que mis andanzas guerreras fueron los únicos mundos oníricos que no se cumplieron. Afortunadamente descubrí que el resto eran perfectamente susceptibles de sazonar y compatibilizar. Es probable que llegar a esa conclusión me ayudara simplemente mi carácter pacífico, o tal vez que influyera en ello también la ilusión de alcanzar por fin la mayoría de edad, aunque estoy convencido que fue mi primer viaje en tren por el viejo continente el que decidió mi posición, el que me proporcionó mi sensatez, el que hizo darme cuenta de mi error, porque fue exactamente en ese periplo iniciático en el que topé amargamente con la esquizofrénica dualidad del hombre, esa que estaba representada perfectamente por la majestuosa arquitectura de París, pero también por la sinrazón y bestialidad de un muro en Berlín; esa que estaba perfectamente representada por la estremecedora belleza renacentista de Florencia, pero también por el odio en ciernes de una guerra a punto de estallar en Zagreb. Definitivamente en ese viaje percibí que la humanidad, en su paroxismo, se encuentra constantemente en la contradicción de la belleza y la brutalidad, entre la razón y la irracionalidad. Y a mí esta experiencia vivida me ayudó en la disyuntiva a la hora de escoger. Me ayudó en mi disyuntiva a la hora de ser.

 

Y créeme que jamás tuve la sensación de traicionar ni a mi historia ni a mi cultura, simplemente elegí lo que creía correcto y lo que un joven, ya entonces, sólo podía permitirse considerar digno.

 

Porque ten por seguro que al ser humano siempre le quedará París, Florencia y Ernest, Miguel Ángel, Francisco e Ignacio, las cervezas “Estrella”, los vinilos y la épica. Porque ten por seguro que al ser humano siempre le quedará ella, sus labios y su inolvidable beso robado.

 

Me pregunto qué te quedará a ti. La respuesta es descorazonadora para nosotros, desoladora para ti: un desangelado día por la mañana, un muro, la brutalidad, pólvora en las manos y una esquina cualquiera de una calle cualquiera para huir, para correr.

 

Lamentablemente tú matarás por tu patria. Yo solamente lucharé por ella.

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