Editorial del periódico El Mundo:
Antes que nada proclamar nuestra clara y rotunda repulsa al terrorismo, esa lacra execrable que siempre hemos condenado, condenamos y condenaremos sea cual sea su origen, causa o propósito. Lo hemos hecho siempre sin reservas, sin fisuras, objetivamente y sin atajos, alejados de torticeras conspiraciones, de titulares populistas y de vacuas especulaciones demagógicas que nos pudieran conducir al error. Por todo ello, impolutos y con nuestra credibilidad ganada a pulso, nos vemos con la facultad de juzgar por deshonrosa, indigna y casi delictiva la conducta de José Luís Carod Pérez-Rovira, que junto a la igualmente desleal y antipatriótica delegación regional de la Generalidad, se encontraba en uno de los hoteles que fueron objetivo de la banda islamista el día de los atentados terroristas en Bombay.
No lo juzgaremos por su cobardía humana, por su carencia de hombría, ni tan siquiera por su patética huida detrás de la recepción arrastrándose como una sanguijuela, como una ladilla, igual que una puta rata de cloaca. No lo haremos tampoco por su miedo, ni por su debilidad emocional, ni por largarse por la puerta de atrás como jamás lo haría una loba sin sus lobeznos ni un padre sin sus hijos; como nunca lo haría un líder que se preciase y enorgulleciese de ello; como no lo hizo Ariadna con Teseo en el laberinto del minotauro.
Tampoco lo juzgaremos por no escoger la heroica del guerrero, ese aval de los elegidos que te abre de par en par las puertas del paraíso, y que le hizo salir como gato escaldado y con el rabo entre las piernas colgado del ala del primer avión que despegó del aeropuerto, desencajado, sin echar siquiera la vista atrás, pisando cadáveres llenos de metralla y sin esperar a nadie, perdiendo su sombra, temblando de miedo. Cagado.
Pero sí que lo haremos por su lamentable actitud, tanto anterior como posterior, en los viles atentados acontecidos en India. Anterior por saltarse con nocturnidad y alevosía la representación de toda una nación y viajar como si fuera un embajador de un extraño y pequeño país; anterior por humillar los sacrosantos símbolos nacionales canjeándolos por otros de míticos e inventados; y anterior por saquear fondos de las arcas públicas para costearse el viaje con el único propósito de sacar unos vastos réditos económicos para su insolidaria comunidad.
Y también lo haremos, claro está, por la impostura que posteriormente significó su burda pantomima a su llegada al aeropuerto de Barcelona. Sí, todos le vimos bajar del avión sudoroso y con la piel marchita, sin afeitar, con sus ridículas chanclas, sus calcetines blancos y su barretina. Pero no engañó a nadie. Su conciencia abandonada y sus ojos fugaces del resto de miradas le delataban. Pero a él le daba igual. Con paso tenue se dirigió al atril repleto de micrófonos, y mientras a miles de kilómetros las balas todavía mataban a mujeres y niños, él, mintiendo vilmente, iniciaba con miserable narrativa un cuento de sus experiencias vividas, una novela inventada y sangrienta, relatando cobardías como si fueran gestas, peligrosas persecuciones cuando sólo fueron pies en polvorosa; alegorías cuando no eran más que infumables infamias.
Como siempre la historia dictará sentencia, sólo es cuestión de tiempo. Mientras, a los terroristas les queda un único camino por recorrer: su entrega y la claudicación. Y a Pérez-Rovira, que reconozca por fin, que igual que un soldado se dispara en la mano para huir de las trincheras, él desertó horrorizado del campo de batalla sobrepasado ante sus escasas agallas, y abandonó a los suyos mientras aún, desamparados en Bombay, resistían junto a los indios con firmeza y dignidad.