Ayer vi como policías de los Mossos d´Esquadra entraban violentamente en un patio de una escuela pública en Barcelona, arrestaban con una simple identificación acústica a decenas de niños castellanohablantes que estaban jugando al balón y, sin mediar palabra, los introducían en furgones blindados destino a la estación de Sants. Allí vi como los cargaban, junto a otros centenares de niños que ya se encontraban en su interior, en sucios vagones de ganado, faltos de agua y sin comida, mientras rápidamente el tren empezaba su inexorable marcha hacia su destino. Algunos niños, los más valientes -o los más inconscientes- se lanzaban desesperados desde unas pequeñas ventanas hacia el exterior rebotando y despedazándose contra los andenes. Los que sobrevivían eran alcanzados por ráfagas de metralleta por los Mossos, pintando con sus pequeños cuerpos una macabra alfombra roja paralela al tren.
Después de un par de horas de insufribles escenas vi como ese tren llegaba directamente a una especie de nave industrial, fantasmal y abandonada, que parecía estar situada cerca de la montaña de Montserrat, en el corazón de Cataluña; allí donde el alma nacional catalana late estúpidamente en su ciega pasión.
Ayer vi a los Mossos d´Esquadra obligar a los niños a bajar con su mirada perdida de los vagones del tren, desnudarlos, afeitarles la cabeza y marcarlos -al igual que en una res- un número de identificación en sus brazos. Ayer vi como supuraban sus llagas, como se abrían sus carnes, como centenares de niños ataviados con camisas y pantalones a rayas perdían su nombre y su dignidad. Ayer vi como su infancia bañada en lágrimas dejó, a partir de ese instante, de existir. Ayer descubrí hasta dónde es capaz de llegar el ser humano con su brutalidad.
El recinto hablaba por sí solo: de las ventanas de las naves salían Mossos para contemplar el espectáculo de los niños maniatados que en silencio eran trasladados en fila hacia unos pequeños y apestosos barracones. Me impresionó como algunos evitaban la mirada de sus carceleros esperando su compasión; me impresionó ver como algunos niños se lanzaban desesperados contra los alambres que vallaban el campo de exterminio, quedando atrapados como moscas en telas de arañas, electrocutados por los más de 5.000 voltios que los electrificaban. Inmóvil e impávido vi como algunos Mossos apostados en las torres del campo les disparaban -sin cesar y locos de poder- descargando su munición sobre ellos, reventando sus cuerpos ya sin vida, destrozándolos. Siendo ya sólo pequeñas figuras humeantes.
El resto, y ya dentro de los barracones, esperaban en silencio y sin saberlo su muerte. Al caer la noche fueron llevados sin piedad, uno por uno, a las cámaras de gas. Allí les quitaron su último aliento de vida, su última bocanada de inocencia. Estallaron sus pulmones y dejaron de llorar; para siempre.
Sus despojos, sus cuerpos ya inertes, fueron sistemáticamente enviados a unos inmensos hornos crematorios, y a lo largo de toda la noche unas altas chimeneas espectrales se encargaron de vomitar gases y cenizas sembrando de sinrazón y muerte todos los pueblos y ciudades de Cataluña.
Ayer nadie en mi país sonrió, pero tampoco nadie alzó la voz. Ayer el hedor a gases y carne quemada impregnó hasta el último rincón habitable de mi tierra, pero nadie lo denunció; ayer nadie en Cataluña durmió sin dejar de ser cómplice con su silencio; ayer en mi país nadie dejó de ser más que un miserable asesino.
Como yo. Por omisión del valor. Por mi cobardía.
A partir de ahora nunca más volveré a dudar de esos historiadores que hace tiempo ya lo advierten, de esos periodistas que ya hace tiempo lo aseguran, de esos investigadores implacables que incesantemente lo denuncian. Jamás les hemos hecho caso y nunca les hemos dado el más mínimo pábulo de credibilidad. Todos pensábamos que equiparar Cataluña a un régimen Nacional-socialista (CataNazi -como algunos la denominan-) y compararla a una tierra en donde se conculcan las libertades individuales y sociales era simplemente una malvada invención y una miserable desmesura; una vulgar locura de unos hijos de puta que odian y desprecian la cultura catalana; una execrable infamia de unos energúmenos que no entienden que defendamos, sin más, nuestra lengua y la pluralidad de este estado. En fin, por pensar que detrás de su revisionismo histórico manco de pluralidad y veracidad en sus razonamientos no existe más que un patético lucro económico a costa de recalcitrantes e ignorantes fascistas ávidos por rememorar su anhelado y antiguo régimen.
Irremediablemente no los valoramos. Sólo creíamos que era una vil excusa, una planeada exageración. Y resulta que tienen razón, que Cataluña no es más que un proyecto nacionalista de exterminio. Ahora sí, desolado y con mi corazón destrozado, acepto que nos comparen con regímenes totalitarios.
Ayer me sentía catalán. Hoy ya no.