Arnau

Almacén de relatos olvidables

Archivo de Julio 2008

Misión en la radio de los obispos.

Publicado por Arnau en Julio 6, 2008

Después de publicar mi último sueño en el que descubría quien era el gran tramoyista de las hordas ultras para hacer descabalgar a Rajoy, cuál fue mi sorpresa cuando a los pocos días recibí un correo extraño proveniente de una supuesta agencia de detectives sin ubicación conocida. Era un texto firmado por el director de la misma y me comentaba que había quedado absolutamente prendado por mi habilidad en el escudriñamiento de casos complejos, impresionado por mi sagacidad e inteligencia y finalmente aseguraba estar postrado ante mi valentía física a la hora de encauzar tamaña y prodigiosa hazaña bélica sin haber fallecido en el intento.

Por toda esa suma de factores, me insinuaba que me quería contratar. Como inspector.

Restablecido de mi orgulloso y desconcertante asombro procedí a llamarle a un teléfono encriptado puesto a mi disposición; me descolgó el aparato su secretaria. Después de agradecerle las palabras de su jefe, aproveché para decirle que todo se trataba de un mero juego prosaico, de una simple exposición descriptiva a cargo de un sujeto sin más afán protagonista que el de escribir de vez en cuando en un vacuo divertimento. Joder, le insistí que aquello sólo fue un sueño, y además, inventado, y que ellos me estaban hablando de la vida real, esa en la que una simple decisión errónea te puede llevar al abismo. Al borde del precipicio.

Un cheque en blanco me hizo cambiar inmediatamente de opinión. Supongo que todo el mundo tiene un precio, y no voy a ser yo la excepción. Me tragué mi altivez de un bocado.

Nos pusimos rápidamente manos a la obra, me dijeron que no había tiempo que perder. Las instrucciones fueron muy concisas: tenía que presentarme en cuerpo presente y al día siguiente delante del edificio de la radio de los obispos, en la calle Alfonso XII de Madrid, donde tendría que hacer uso del contenido de una maleta escondida en el WC de señoras del bar de enfrente y esperar postreras noticias suyas por SMS. Nada más. El caso era denominado “Próstata 2008”. Tengo que reconocer que ese apelativo me escamó.

Una vez colgado el teléfono, deduje, entre líneas, que esa agencia podía ser una tapadera de alguna mafia internacional (el acento siciliano de la secretaria me lo hizo sospechar), y que la información que pudiera conseguir era vital para posteriormente ser utilizada por alguna magna empresa extranjera. Me la traía al pairo. La sola posibilidad de obtener tal cantidad de dinero me convertía en un ser absolutamente insensible.

A la mañana siguiente, al alba y con viento duro de levante y después de pasar una breve noche en una cochambrosa habitación de la capital, me acerqué al bar acordado, y después de pedir un cortado me dirigí convencido al servicio femenino. Detrás del inodoro me aguardaba, efectivamente, una Samsonite. La abrí sin problemas, cogí de ella una pequeña cámara de video, una tarjeta VIP y me puse unas ropas que estaban plegadas cuidadosamente en su interior. Al salir del lavabo dejé en la barra un billete de 5 Euros y sin tomar la consumición ni esperar siquiera el cambio me difuminé rápidamente del local. No por generosidad; llanamente por pudor.

Supongo que la estrategia de la agencia estaba clara. Se trataba de no ser reconocido en mi imagen habitual, y doy fe que no quedaba ni rastro de mi aspecto: Delante del edificio de la radio permanecía reclinado junto a una farola, parapetado tras unas gafas de sol y vistiendo una gabardina tres cuartos color fucsia monísima. Un cigarrillo apagado y manchado de carmín colgaba de mi labio inferior, y mi cara agraciada y maquillada hasta la hipodermis, junto a unos zapatos tacón de aguja y mi cuerpo enjuto y fibroso hacían el resto en mi nueva apariencia. Parecía realmente una mujer de bandera. Dicen los psicólogos que todos tenemos un lado femenino, y juro que esa mañana de verano dejé toda mi varonía tras mi última meada en el inmundo retrete de un bar de Madrid.

De repente, el poli tono de mi móvil me alertó por fin de un mensaje recibido. Lo leí de una tirada: “Arnau, infíltrate con la cámara y graba a Federico en un renuncio, en algo que lo podamos comprometer, en algo que sea digno para un chantaje”.

En esos momentos un iceberg pareció derretirse en mí espalda, y del síncope, me zampé sin querer el cigarrillo que aún retenía en mi boca. En unos pocos y eternos segundos me pasaron todas las imágenes de mi vida, esas que dicen que recuerdas cuando estás a punto de morir. Solamente el dinero y también mi absoluta predisposición innata por los retos me hicieron tomar una inmensa bocanada de aire, tragar el volumen de un cubito de hielo en saliva y finalmente tener el arrojo de acercarme al cura que trabajaba como conserje en la entrada. Éste, tras comprobar mi tarjeta VIP y cachearme profusamente las posaderas, me preguntó sin ningún tipo de remilgos:

-¿Vienes para desahogar a Federico, verdad, pedazo de puta?

Ya fue casualidad que la primera vez que iba de mujer tuviera que ser un sacerdote el primer hombre que me insultara.

-Sí, claro -le contesté sin dejar de aprovechar esa oportunidad al vuelo. Evidentemente me había confundido con una prostituta y tenía que beneficiarme de esa situación. Era innegable que quien me contrató conocía muy bien las costumbres pecaminosas del Mandril.

Sin mediar palabra me acompañó hasta una habitación de la planta baja del edificio, me hizo pasar dentro y me aconsejó que me pusiera cómodo mientras aguardaba la inmediata visita de Federico. De momento todo salía a pedir de boca. Sin tiempo que perder puse en lo alto de un armario la cámara enfocando un plano general de la estancia, apreté el REC, y finalmente me recosté vestido en una cama de agua que había en el centro de la sala. A la espera.

La situación era surrealista. Vestido de mujer estaba a punto de ser sodomizado por el Mandril, violado encarnizadamente, y eso era, paradójicamente, lo que me solucionaría económicamente mi vida.

Empecé a notar su presencia por el hedor. Sus profundos jadeos denotaban que ya estaba detrás de la puerta, excitándose. De golpe se abrió la puerta y sin manifestar palabra asomó resoplando como un animal sediento, al trote, y al igual que una alimaña sonada, empezó lo que él creía un festín de provocación. En mitad de la sala comenzó a danzar en círculos concéntricos, incitándome, y en medio del desconcierto teatral inició un pavoroso desnudo hasta dejar su micro pene afilado a punto de estocarme, y sin tiempo para digerir lo que estaba viendo contemplé como se auto impulsaba, baboseando y con los ojos cerrados, en un vuelo rasante contra mí. Fue justo en ese momento cuando saqué oportunamente la muñeca hinchable que llevaba en el bolso, la inflé y raudo se la entregué.

Ciego, se la folló. Hasta que la petó.

Aproveché sus últimas sacudidas espasmódicas con el látex para levantarme, quitarme las ropas de mujer, coger la cámara de lo alto del armario y largarme de allí corriendo como un atleta en los 100 metros lisos, al tiempo que vitoreaba ”Vivas a la República” mientras salía veloz por los pasillos del edificio. Al rato llegué a un parque cercano y, desfondado, recibí de inmediato otro mensaje de la secretaria del director: “Arnau, coge el avión de las 15h. destino Roma. Te estaré esperando en el aeropuerto internacional de Fiumicino. Trae un Pendrive con la grabación. Lo tendrás que entregar personalmente al director. Obviamente no queremos intermediarios. A mí, me identificarás por mi altura”.

Evidentemente los sucesos se estaban desgranando a un ritmo vertiginoso.

A media tarde ya estaba en el aeropuerto de la ciudad eterna, y presto, ojeaba por toda la terminal algo parecido a una Masai saltando. Supe del error de interpretación cuando mi implacable sentido de la observación me hizo divisar una liliputiense que no paraba de dar brincos y aspear vigorosamente los brazos. Si se trataba de la secretaria, muy profesional no parecía, pero mi olfato me aseguraba que era ella. Me acerqué y con una sonrisa cómplice le susurré mi nombre. Me devolvió el gesto, asintió, y nos introdujimos en un helicóptero rumbo desconocido no sin antes obligar a vendarme los ojos en una condición indispensable para presentarme delante del director.

Pese a mi transitoria ceguera no dejaba de pensar lo bella que debía estar Roma desde el cielo.

A los 10 minutos llegamos a lo que parecía un helipuerto, bajamos de la aeronave y entre oraciones del Ángelus, olor a incienso y repiques de campanas me hicieron pasar a lo que imaginé podían ser unas magníficas y lujosas estancias privadas. Sin quitarme el pañuelo me obligaron a arrodillarme, y justo cuando reclinaba mi cabeza hacia el suelo mi cara rozó una tela de paño que percibí vestía a una presencia casi divina, casi celestial. Se encontraba delante de mí, y empezó a hablar.

-No pretendo que creas en Dios, Arnau,  –dijo con voz impostada para no reconocerle –pero sí quiero que sepas que el diablo existe, que la cornamenta de Lucifer sobrevive. Y ahora, querido, presta mucha atención a lo que voy a relatarte, porque en su gravedad, mis labios después serán sellados. –Depositó su mano sobre mi cabeza y continuó con su diatriba:

-Afortunadamente, hijo, el diablo llevaba siglos sin manifestarse entre nosotros, sin exteriorizar su presencia, pero por desgracia de la humanidad Barcelona fue testigo en la década de los 70 de la vuelta de Satanás, y no escogió una criatura al azar, eligió la más fea que pudo encontrar. Durante años ésta causo el pánico, dolor, escritos infernales y manifiestos demagógicos. Vagó durante lustros desbocada y embriagada, rompiendo espejos, e incluso, en su locura, se creyó intelectual. Ante ello mandamos legiones de ángeles exorcistas a ese territorio infectado, y a punto de ser la bestia desalojada de los cielos, alguien, en su estúpida ignorancia, le pegó un tiro en la pierna, lo que produjo en el animal la reacción de cólera más descomunal que la eternidad haya podido soportar. A razón de aquello nos vimos obligados a hacer un pacto de muerte con él. Se dejaría encerrar voluntariamente en la radio episcopal como “padre de la mentira” e incitador del odio, pero a cambio nos exigió rameras para sus delirantes sacrificios, vírgenes para sus violaciones y finalmente separatistas catalanes para sus vejaciones. Lo entiendes ahora, amado, tú sólo has sido uno de sus elegidos, una insignificante parte del engranaje, una minúscula parte de la solución de nuestro destino. Pero milagrosamente has sobrevivido, y por ello y en su misericordia, la iglesia se creía en el deber de darte una explicación, y por tu silencio, un baño de oro y riquezas en diamantes -me santiguó en la frente, me dio un talón y se marchó.

Después de mandar a su santidad a tomar por el culo, me quité la venda, rompí el talón y salí corriendo y gritando injurias a través de sus estancias, de sus tierras sagradas, de esas hermosas calles eternas que fluían como meandros por toda Roma. A través de ellas llegué, exhausto, a las ruinas del Foro, y llorando ante su belleza bajo el cielo crepuscular no pude más que reprimirme en un único pensamiento que la brisa hizo retumbar por toda la ciudad: “Romanos, patria antigua, ¿cómo os pudisteis equivocar tanto? ”

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¿Quién zancadillea a Rajoy?

Publicado por Arnau en Julio 5, 2008

La otra noche tuve un sueño. O una pesadilla.

Eran las 9 de la mañana y me encontraba solo, en un bar, sentado en una mesa repleta de porras, churros y cafés con leche. Una rápida mirada a través de la ventana me hizo contemplar dos enormes letras coloradas que se encuentran en el edificio del partido popular, ése que está ubicado en el número 13 de la calle Génova en Madrid. No tenía ninguna duda, estaba en la capital del reino.

Tomé el último sorbo de café y me fui sin pagar. Con dos cojones. Supongo que la desorbitada exhibición de madridismo por parte del camarero cuando supo este de mi procedencia tuvo la culpa. En un solo gesto tenía que resumirle que todos los tópicos que otorgan a los catalanes son ciertos. Me levanté y eché a correr. No es cuestión de llevarles la contraria. Y menos en territorio hostil.

Recuperado el aliento me preguntaba qué coño hacía yo una mañana de primavera delante de la sede del partido popular. No me lo pensé dos veces, estaba claro, era en una misión de escudriñamiento del alma ultra del partido. Era el designado para ser el arcángel que revelara a la opinión pública quien era el gran titiritero que mueve los hilos de esa corriente que zancadillea a Rajoy y le impide virar su nave hacia el centro. En resumen, descubrir quien cultiva la carcoma más liberal, conservadora y reaccionaria del partido popular, esa misma que le hace ganar a Zapatero elección tras elección.

Mi nariz se olía que en algún rincón secreto del edificio se maquinaba toda la trama. Muy posiblemente en sus catacumbas.

Mi primera dificultad era tratar de sortear la primera barricada de individuos apostados delante de la puerta del edificio sin pérdidas humanas (la mía). Y es que a pesar de su aspecto nonagenario se trataba de verdaderos energúmenos vehementes portando grandes pancartas ininteligibles y gritando incendiarias soflamas contra Rajoy. Tenía claro que en este caso la violencia no conducía a ninguna parte, había que usar la inteligencia. Me disfracé. Atravesé las líneas enemigas con montera, capa roja y gualda, crucifijo en el cuello y un periódico El Mundo bien visible en el sobaco, a la par que les saludaba enérgicamente con la mano derecha en la sien al estilo militar.

-¡Arriba Ejpaña!- les llegué incluso a gritar, desbocado en mi papel.

-¡¡¡Arrribaa!!!- Me contestaron todos al unísono, acompasando su chillido con el brazo en alto.

Después de devolverle la dentadura a uno de ellos entré directamente en el edificio para toparme de bruces con el guardia de la entrada, un gorila de mucho cuidado. Automáticamente mi sagacidad me hizo observar en él unos apéndices auditivos descomunales, nunca vistos. Fugazmente pensé que tamaños orejones no podían estar allí de casualidad, que tamaña excreción de cerumen era algo más que una visión repulsiva. Estaba convencido que eran una pista. Entonces se hizo el milagro, el sujeto me miró mi vestimenta, me sonrió y me pico el ojo a la vez que me susurraba al oído: “¿Contraseña?”.

Supongo que mi atuendo le hizo confundirme con otra persona, o tal vez no, puede que simplemente el verme pasar a través de los ancianos sin herida alguna creyera que era uno de ellos, uno de los ultra liberales que quieren descabalgar a Rajoy. Vacilé unos segundos, tragué saliva y sin dejar de fijarme en sus churretosos pabellones acústicos desembuché lo primero sensato que se me ocurrió: “Extraordinaria placidez”.

Instantáneamente el gorila me abrió la puerta de una de las taquillas del  guardarropía y con un rápido gesto mandibular me invitó a entrar. Sin dudarlo me introduje rápidamente, llegando de un brinco a una habitación oscura. Muy oscura. No me veía ni las extremidades inferiores. A los pocos minutos, cuando la situación empezaba a ser insostenible y mi agonía era ya una desesperación cruel de arrepentimiento una solemne voz en off me preguntó: “Nombre y procedencia”.

-Arnau, el catalán- Así, de un tirón, le contesté.

De golpe saltaron las alarmas y empezó la fumigación. Siempre he pensado que es preferible quedar pringado de raticida por culpa de tu procedencia que ser gaseado como en Auschwitz.

Untado hasta el tuétano se abrió una puerta del fondo de la habitación oscura y entró por ella un halo de luz y de esperanza. Conducía a un pasillo estrecho y largo que llegaba directamente hasta otra puerta a la que mi vista de lince llegó incluso a divisarle un letrerito: <Sala de la dirección ultra>. La suerte me sonreía. Estaba en el buen camino.

Una vez ya en el pasillo la voz en off me volvió a espetar: “Arnau, el director está reunido con sus colaboradores, tendrá que esperar para entrar. Siga caminando hasta la puerta de dirección y no llame hasta que todos hayan salido, alomojó”. Esta vez le asentí con la cabeza. Sin más. Si nunca me ha gustado hablar con el contestador telefónico no tendría que hacerlo ahora tampoco con una voz en off. Y menos si esta era la responsable de mi humillante baño viscoso.

Al cabo de unos instantes empezaron a salir personajes de la sala de dirección. El primero en cruzarse conmigo fue un elegante hombre de color negro que vestía túnica blanca bordada y gorro claro. Mi gran experiencia en política internacional me hizo reconocerlo en seguida. Se trataba de Yahya Jammeh, presidente de Gambia, el mismo que recientemente ha declarado que “Gambia es un país de creyentes y las prácticas pecaminosas e inmorales como la homosexualidad no se toleran. Cortaremos la cabeza de los gays que sean cazados en Gambia”. Detrás de él salió el presidente de la Conferencia Episcopal, otro que ha proclamado algo semejante pero en España y con sotana negra. Poco después desfilaron en una ristra inacabable personajes ultra de la altura internacional de Ynestrillas (franquista), Vidal Quadras (vampiro), Mayor Oreja (el de la contraseña plácida), Acebes (legionario de Cristo), Zaplana (el de la voz en off, lo de la telefónica era lógicamente una tapadera), María san Gil (sin pecado concebido), Rosa Diez (con pecado concebido), el peluquero de la AVT (mal concebido), Peón negro (sin cerebro concebido), Pio Moa y Biggie Vidal (conciben “historias”), Luis del PPepino y Pedro Chota (conciben paranoias), el Mandril (el odio concebido) y finalmente Juan Costa (el cebo).

Que fauna y flora, pensé.

Todos se fueron cantando y fornicando a lo largo del pasillo hasta llegar a una recóndita y escondida puerta que ponía EXIT. Supongo que no fueron vistos a su salida por ningún periodista ni por civil alguno. El repaso mental de esa procesión de homínidos que ni me habían departido palabra me indujo a la perspicaz conclusión de que José Mari el melenas y Esperanza no se habían cruzado en mi camino, precisamente los dos con más papeletas para dirigir el cotarro. Justo en ese mismo momento de catarsis analítica se abrió la puerta de un porrazo saliendo de ella la lideresa con una sonrisa de oreja a oreja y con las bragas en la mano. Me miró con el blanco de los ojos y me balbuceó exhausta: -Ya puedes pasar, el líder te está esperando en su despacho-. Y prosiguió su cortejo erótico hasta la puerta del EXIT.

Golpeé con los nudillos levemente en la puerta. “Pom!Pom!”

-¿Se puede pasar? -dije con un hilillo de voz temblorosa. Está claro, aunque lo desprecies, que no siempre estás en la vida cara a cara con el posible criminal de la foto de las Azores. Y menos, como parecía, para una orgía española.

-Adelante -me respondieron con voz segura desde dentro de la habitación.

Sin reflexionarlo entré en la sala no sin antes cerrar la puerta detrás de mí, no fuera que volviera Esperanza con más ansias de gresca. La sala era espaciosa, enorme diría yo. Demasiado para la única mesa de escritorio que se alojaba en un rincón de la habitación, la misma que estaba iluminada simplemente con la luz de un flexo de sobremesa. Estaba nervioso. Por fin podría avistar la efigie del director de la tramoya. Por fin le quitaría la máscara a esa faz que todo el mundo anhela conocer.   

Me fui acercando a esa mesa donde se encontraba el personaje, dándome la espalda, tranquilamente sentado en su silla giratoria.

Paso a paso avancé hasta llegar a un par de metros de él. En ese instante empezó a darse la vuelta, lentamente, como quien sabe que va a sorprender, y a la vez que él me entregaba la visión de todo el plano de su rostro yo me iba desplazando hacia atrás, como si no creyera lo que estaban viendo mis ojos, como si estuvieran vislumbrando un espejismo, como si la luz blanca del flexo me descubriera el lado oscuro de la luna; la percepción de un muerto.

-Hola Arnau, no te crees lo que estás viendo, verdaz -me dijo él con voz grave y arqueando aún más sus inconfundibles cejas.- No te preocupes por ellos porque no saben lo que hacen. El sexo sólo es para retenerlos juntos y subyugados. Tranquilo, déjalos marchar para que divulguen sus rancias ideas, para que sigan explicando a la sociedad española sus homilías odiosas, sus añejos razonamientos y sus sexistas planteamientos -refiriéndose a esos tarados que anteriormente habían salido del despacho. -Ahora, vete en paz- finalizó solemnemente haciéndome el signo masón.

Justo en ese mismo momento sonó con estruendo el despertador. Sudoroso y con unas pulsaciones dignas de haber corrido una carrera de 3.000 metros obstáculos me quedé recostado en la cabecera de la cama, sin respiración. Agotado.

Finalmente lo entendí todo. No podía ser de otra manera. Tenía que ser él y no otro quien cultivaba la carcoma más liberal, conservadora y reaccionaria del partido popular, esa misma que hace ganar a Zapatero elección tras elección.

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Carta abierta a Biggie Vidal

Publicado por Arnau en Julio 4, 2008

No te había visto nunca, Biggie, por lo que después de escuchar por primera vez tus cataclismos en el programa radiofónico que diriges no tuve más remedio que imaginar tu apariencia. Te encontrabas sentado detrás de una mesa en el fondo de un estudio mugriento y relamiendo un vetusto micrófono con la mirada desorbitada, con el pelo casposo y sudoroso, licuando sebo, en paños menores y desparramando carnes grasientas hacia los cuatro puntos cardinales. La mesa era redonda, sucia, descascarillada como si de una piel mudada de serpiente se tratara, repleta de papel higiénico usado, esquelas viejas esparcidas por todas partes y libros húmedos y podridos de gladiadores. Detrás de ti, en la pared, un aplique a media luz cobriza con estampa de crucifijo contemplaba tu cara granulada y mantecosa reflejada en el cristal de la sala de sonido.

De vez en cuando, a indicaciones tuyas, iban entrando en ristra colaboradores de aspecto fantasmal que se deslizaban por debajo de la puerta de entrada. Eran seres monstruosos y repulsivos que se arrastraban magnetizados hacia tu halitosis deseosos de empezar a pringar de vomito las ondas hertzianas.

En los descansos para la publicidad, con la luz del piloto en verde, entraba el cocinero de la COPE con un carro repleto de grandes pedazos de carne cruda empapada aún en sangre caliente recién llegada del desolladero. La depositaba encima de la mesa donde era devoradora a dentelladas al igual que lo hace una manada de hienas cuando desgarran músculos y tendones en sus bacanales de vísceras, tierra y espantosas risas lujuriosas.

 

Reconozco que pude ser un poco exagerado en mis apreciaciones, aunque me di cuenta que no estaba nada equivocado al verte curiosamente a los pocos días por primera vez en un programa-tertulia que hacían por la televisión. Realmente me quedé acojonado. Tu discurso y tu imagen eran verdaderamente repugnantes. Evidentemente la realidad superó a la ficción; notoriamente rebosó a mi imaginación.

 

No sé si fue el estado de shock al verte pero ese mismo día por la noche mi mano volvió a sintonizar tu dial. Mi transición psicopática era tal que ya no sé si escuchaba al monstruo imaginario o al personaje agorero de la radio y la televisión. Fue justo cuando empezaste, animoso, otra vez a diseccionar la realidad con todo tipo de predicciones espectrales. Según tú la economía se desplomaba hasta los avernos. Los bancos eran asaltados por socialistas armados en busca de pensiones ajenas. Tus libros, junto a los de Cervantes, eran apilados en una pira para ser quemados bajo ritual masón. El museo del Prado era atacado por soldados de la antigua Corona de Aragón mientras los visitantes que no fallecían eran rematados a balazos por franco tiradores euskaldunos apostados en los edificios colindantes. Los alumnos españoles de los colegios eran torturados y vejados por profesores de la Educación para la ciudadanía, esos docentes expertos en romper pelvis a los niños que escogen Religión como asignatura complementaria. Las Cortes Españolas eran arrasadas por esos descendientes de los bárbaros Suevos que actualmente se agrupan en el Bloque Nacionalista Galego, utilizando para ello lanzas y ballestas e incluso hachas enmohecidas para degollar y decapitar luego en el interior a los parlamentarios del Partido Popular por la única razón de preguntarse en voz alta -¿Qué coño pasa? ¡Que vuelva el rey Recaredo! -en idioma castellano. Y finalmente los edificios de la COPE eran estratégicamente cercados con alambradas eléctricas para ser inmediatamente sitiados por soldados y excombatientes comunistas, anarquistas y republicanos nonagenarios, para ser desprovistos indefinidamente de Coca-Colas, hamburguesas, pasteles de manzana y por supuesto crema de cacahuete.

 

Después de tamaña catarsis, hijo de la grandísima puta, comprenderás que ya no me encontraba en mi cuerpo, que mis manos atacadas por los nervios hicieron que me despellejara la piel a juliana e incluso que un inoportuno sollozo de mi hija mientras dormía estuviera a punto de hacerme saltar directamente por la ventana de un tercer piso.

Fue en el mismo instante que un simple frenazo de automóvil en el exterior me nubló la conciencia y me hizo dar cuenta que podías estar en lo cierto, que todo lo que eructabas tenía posibilidad de convertirse en verdad y que al igual que me pasó a mí al verte, tus deseos de realidad también podían superar a la ficción, por lo que realmente ese frenazo no era seguramente el hijo del vecino del 2º 3 que se cree Fernando Alonso sino que muy probablemente eran los tanques de los Nacionales comandados por Alejo Vidal- Quadras entrando por la Diagonal.

 

Cogí mi tirachinas y con un nudo en la garganta salí de mi piso pensando en lo peor. Bajé como un poseso las escaleras saltando los peldaños de tres en tres y esperando encontrar la calle presa del caos, guerra, edificios derrumbados y la gente fusilándose aprovechando viejas reyertas vecinales, todo ello en medio de ensordecedoras explosiones de misiles, granadas, canciones de Estopa saliendo del 1º 2 y con mi visión ya casi cegada por el alquitrán abrasado en llamas. Con mi corazón a punto de estallar llegué al rellano dónde logré apenas divisar entre las brumas de la noche a un ser desdibujado con una enorme cabeza dirigiéndose directamente hacia mí. Me quede paralizado hasta que distinguí a…… Pedrito, sí, el hijo del vecino del 2º 3, el gilipollas causante del frenazo que llevaba aún puesto el casco integral que utiliza siempre para conducir el coche.

-Buena noches, Arnau -me dijo levantándose la visera.-Te veo un poco perjudicado -añadió, descojonándose de mi atuendo entrando ya en el edificio.

-Voy a tirar la basura -le respondí ruborizado, vestido con el albornoz y aún con el tirachinas en la mano.

 A los pocos minutos volví a subir a mi piso, esta vez por el ascensor, cerré la puerta detrás de mí y avergonzado y en silencio me dirigí hacia la habitación de mi hija. Era la niña más bonita del mundo y en su placidez me prometí que cuando ella fuese mayor y algún día me preguntase -Papá, ¿qué es una hipérbole?, le respondería sin ningún tipo de dudas -¿Hipérbole cariño?, hipérbole es Biggie, el Caesar, ese mamón seboso y asqueroso, monstruoso e hilarante que sale por la radio cada noche hablando de los putos romanos.

 

Muy atentamente,

Arnau

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Carta abierta a José Mª Aznar (ese “intelectual” de las Azores)

Publicado por Arnau en Julio 3, 2008

Antes de saber de tu existencia política, e incluso humana, o en la especie de vertebrados que estés catalogado, la persona que te escribe era uno de esos miserables catalanes poseedores de una conciencia histórica y cultural tribal. Sí, de esos que tienen una visión de la realidad de lo que tiene que ser este puto estado que difiere 180º de la que tú quieres imponer. No te voy a marear con coñazos históricos, simplemente recordarte, Jose Mari, que has de tener la cabeza muy desencuadernada para que a la par seas capaz de retrotraerte al siglo VIII para reivindicar para ti el perdón de los moros -como si ya en esos albores te creyeras sangre real de una imaginario país- y a la vez incapaz de reconocer esa “España” antes del siglo XVIII, esa que existía y tú quieres ignorar, esa que luego y por razones dinásticas cambió a fuego y espada, a cañonazos y decretos de nueva planta, anulando lo que hasta entonces era, con todos sus defectos, una convivencia entre naciones y culturas más o menos civilizada.

 

Espero que en un futuro tu ridícula soberbia, esa que es visiblemente acomplejada, sólo nos sea un vago recuerdo de esa España intransigente que en ti reconocemos: Esa España que tanto se parece a la de Felipe V, a la de Franco, a esa con hedor rancio que rezuma naftalina, a polilla, a excremento; a esa que se viste con sotana de paño, capa, fajín de seda y se cobija bajo palio; a esa que le gusta llamarse doña; a esa España imperial e imperativa; a esa que odia lo que ve ajeno, lo que desconoce, lo que ignora; a esa que desprecia el diálogo; esa que canta a Pemán; esa que mató a Lorca y Machado.  

 

Te recordaremos siempre, Jose Mari, por tus frases históricas, esas citas sólo comparables a las que grandes hombres de la humanidad, como Gandhi, Einsten, como Martin Luther King…., nos han dejado para la posteridad.

Todos retendremos en la memoria tu “Cero patatero”, o el “España va bien”, o aquella ridícula frase para enmarcar de “Hemos venido a trabajar un poco, ayer por la noche y hoy por la mañana” que aderezaste incluso con aquel acento tejano que a Bush tanto le gustó. ¡¡Que hijo de la gran chingada que fuíste, so cabrón!!

O aquella que con tu risa carroñera llamabas “pancartero”, o “gran lio”, a todo ser viviente que se manifestaba por las calles y que finalmente los despreciabas hasta el insulto.

 

Por último, Jose Mari, decirte que no te esfuerces, que no lo intentes, que por mucho que te empeñes, so mamón, por mucho maquillaje que te eches, por mucho alcohol que engulles para olvidar, llevarás siempre marcado, como en una res a hierro candente, el anagrama de la mentira y el símbolo de la manipulación. Sí, las hemerotecas te delatarán eternamente con tus prehomínidos artículos en La Nueva Rioja, y además, créeme porque te digo la verdad, tus entrevistas con Buruaga estarán grabadas perpetuamente en el disco duro de la infamia.

 

Recuerdos a la botella, a esa “mujer mujer”, a ella y no a otra,

 

Atentamente,

Arnau

 

 

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